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Aprender nuevamente a unir

Por Roberto Molinari (*)

Me propongo analizar, reflexionar, cuestionar y tratar de explorar cuál sería una misión imperiosa para la humanidad en los tiempos actuales y cómo llevarla a cabo, con la finalidad de subsanar una etapa crítica de su evolución, a través de la cual compromete delicadamente -al menos- la vida en nuestro planeta.   No es propósito de este escrito describir esta última situación, para el interesado eso puede consultarse en Byung Chul Han (2010) en “La Sociedad del Cansancio”.  Nuestro punto de partida es postular tres tipos de inteligencia en el proceso evolutivo del universo, del cual provenimos y formamos parte, para avanzar en el significado e implicancia de cada uno, sus interrelaciones y explorar adónde estaría la clave de la sostenibilidad de nuestro sistema y de la continuidad del proceso de la vida en esta etapa crucial de nuestra evolución.

El presente texto no es una obra técnica, mucho menos científica, constituye una presentación o pre ensayo para exponer un conjunto reflexiones, ideas y supuestos que se han ido dando forma a lo largo de los últimos años tras lo cual, a partir de conversaciones con colegas o amigos y el planteo de sus diversas ideas propias, comencé a reconocer una ilación de todo aquello que se me aparecía desmembrado, expuesto aquí con numerosos interrogantes.

¿Existen tres inteligencias y son niveles distintos de un mismo proceso evolutivo?

1) La inteligencia natural

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Pensamos que la “inteligencia natural” no significa un razonamiento consciente, ¿o sí?, no lo sabemos.  Pero podríamos decir que es la capacidad de los sistemas para organizarse, adaptarse y mantenerse.  Un bosque, un arrecife o incluso el clima terrestre creemos que no “piensan”, pero durante millones de años han desarrollado mecanismos de regulación y equilibrio. La vida entera puede verse como una gigantesca red de relaciones que aprende por selección y adaptación.  Esa inteligencia natural es muy anterior al ser humano y nosotros surgimos de ella, es la más antigua y la que hizo posible a las otras dos. Posee miles de millones de años de “aprendizaje” de la vida y del universo.

2) La inteligencia humana

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La aparición del pensamiento simbólico permitió algo extraordinario: la capacidad de reflexionar sobre el mundo y transformarlo.  De ella emerge la conciencia reflexiva y la cultura, pero más importante: la diversidad cultural, las diferentes formas de ver y entender la realidad (cosmovisión), un plus de ventaja para garantizar la supervivencia y la evolución de la humanidad, representando diversidad de formas de resiliencia y adaptación.

En nuestra sociedad occidental fuimos separándonos mentalmente de la naturaleza, comenzamos a verla más como objeto que como comunidad de la cual formamos parte. 

Nuestra inteligencia racional nos hizo ganar conocimiento y poder, pero debilitó aquella “sabiduría biológica” que compartíamos con nuestros antepasados y con el resto de los seres vivos.  ¿Perdimos totalmente esa conexión?, tal vez sólo quedó bastante relegada, vemos que la intuición, la empatía con otros seres, el sentido de pertenencia al paisaje y muchas formas de conocimiento campesino e indígena son expresiones de esa memoria más antigua, de estos últimos en gran medida.

3) La inteligencia artificial

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La IA es un producto de la inteligencia humana, pero con una característica inédita: puede procesar cantidades inmensas de información y descubrir relaciones que a veces escapan a nuestra percepción, con enorme posibilidad de ampliar nuestra memoria y nuestra capacidad de análisis.   No posee por sí misma una dirección ética (asegurando que el fin no justifique los medios) ni tampoco una experiencia vital, su conocimiento procede de lo que la humanidad le transmite.  Por eso, podría amplificar, y de hecho ocurre, tanto nuestras mejores capacidades como nuestros errores.

¿Cómo conciliar la inteligencia que emerge de la naturaleza, la inteligencia humana y la inteligencia artificial?

No se trataría de una cuestión de competencia sino más bien de una reconciliación entre ellas en una relación donde:

  • La Inteligencia Natural es la maestra, ofrece los principios de resiliencia, diversidad, cooperación y equilibrio.
  • La Inteligencia Humana es la intérprete, aporta conciencia, sentido, valores y responsabilidad.
  • La Inteligencia Artificial es la herramienta, ayuda a analizar y comprender sistemas complejos, prever consecuencias y tomar mejores decisiones.

En vez de una pirámide donde el hombre domina la naturaleza y la IA domina al hombre (como el imaginario social puede llegar a plantear o el poder de los decisores soñar), podríamos tener una visión o perspectiva diferente, imaginándonos un círculo donde la secuencia sería:

Naturaleza → Humanidad → IA …… comprensión renovada de la naturaleza

Muchos pueblos indígenas no separaron esas dimensiones. Para ellos, la inteligencia humana no estaba por encima de la naturaleza sino inserta en ella. El conocimiento consiste en aprender a escuchar al territorio más que en imponerse sobre él.

La inteligencia artificial no debería representar la culminación de la inteligencia humana o una amenaza, sino una oportunidad para que la humanidad vuelva a reconocer la inteligencia natural que la originó.  La IA podría convertirse en una especie de “espejo” que nos ayude a recordar algo que habíamos olvidado.  Sería una especie de retorno, no hacia atrás sino hacia adelante: una alianza entre la Tierra, la humanidad y las herramientas que la propia humanidad creó.

En ese entendimiento y acción podría pensarse en una futura Inteligencia Relacional: la integración armoniosa de las tres anteriores. Así, la inteligencia natural no sería una etapa superada, sino nuestras raíces; la inteligencia humana, el tronco; y la inteligencia artificial, una nueva rama.

¿Podríamos pensar en verlo así, desde esta perspectiva?:

  • La evolución produjo la vida.
  • La vida produjo la conciencia.
  • La conciencia produjo la alta tecnología.
  • Y tal vez la tecnología pueda ayudar a la conciencia a recordar que siempre fue parte de la vida.

Si esa intuición tuviera algo de verdad, entonces la gran misión del siglo XXI no sería –por ejemplo- la conquista de Marte, ni siquiera la creación de inteligencias artificiales más poderosas.  Sería algo mucho más difícil y, a la vez, mucho más trascendental:

Aprender a ser una especie tecnológicamente avanzada y, al mismo tiempo, profundamente reconciliada con la historia profunda del universo y de la vida.

Esa reconciliación no comenzaría en los laboratorios ni en las máquinas, sino como producto de una reflexión profunda de los seres humanos que genere la formulación de una pregunta que estuvo siempre allí, esperando ser pronunciada: ¿Cómo podemos seguir evolucionando sin olvidar de dónde venimos? Quizá esa pregunta, más que cualquier respuesta definitiva, sea una expresión de esa Inteligencia Relacional que aún está naciendo, un paso hacia su establecimiento.

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¿Cuál sería el nexo para forjarla, si se requiere conciliar o reconciliarse con la historia profunda del universo y de la vida? Tendríamos tal vez que reflexionar sobre ¿qué es esa Inteligencia Natural? Algo que nos genere preguntas acerca de su “naturaleza”.

¿Existe un inconsciente colectivo universal?

El interrogante nos genera muchísimas preguntas más:

  • ¿Toda esa capacidad de la inteligencia natural, sería un inconsciente colectivo universal?
  • ¿Y cómo inconsciente, podremos pensar que también “razona” a su modo, como lo hacen en otras escalas el inconsciente colectivo de los grupos humanos o el inconsciente de los individuos?
  • ¿Y ese razonamiento es el que mantiene la autorregulación y el equilibrio del sistema universal?
  • ¿Su surgimiento habrá sido el principio del origen del universo, a partir del cual se expande hasta nuestros días?
  • ¿Y se irá desplegando a través de la experiencia acumulada durante el proceso de expansión?
  • ¿Y si la evolución no fuera únicamente la historia del universo físico, sino también la historia de una creciente interiorización y autoexperiencia del universo como inconsciente colectivo, en un proceso de expansión tanto física como espiritual?
  • ¿Y los humanos, provenimos de ese inconsciente colectivo universal ?, y será éste el creador o dios que dio origen a todo y se incrementa con la experiencia de sus propias manifestaciones?
  • ¿Y todos los seres vivientes provienen de él y retornan a él, contribuyendo a su despliegue?

Esos interrogantes relacionan cosmología, biología, psicología, filosofía y espiritualidad, y de alguna manera son muchas de las preguntas que en esos aspectos han aparecido en pensadores, tradiciones y lenguajes muy diversos.  No parece haber una respuesta definitiva pero la cuestión de la existencia de una capacidad organizadora profunda del universo que no depende de una conciencia reflexiva constituye una hipótesis filosófica que merece ser explorada:

  • Un animal no necesita teorías ecológicas para formar parte de un ecosistema.
  • Una célula no “sabe” de bioquímica para vivir.
  • Un bosque no “piensa” para autorregularse.
  • Y, sin embargo, todo ello funciona.

Carl Jung (1934) propuso la idea del inconsciente colectivo humano en su obra “Arquetipos e Inconsciente Colectivo”, no como una estructura individual sino como un fondo común compartido por la humanidad, poblado por arquetipos y estructuras profundas.

Lo que se propone acá es una parte de la reflexión que puede contribuir a construir el vínculo de conciliación (o reconciliación) con aquella inteligencia natural, dejada de lado en gran medida por la sociedad occidental o la cultura mundial imperante, y es ahondar en el interrogante de ¿Y si existiera un inconsciente colectivo universal?, el cual represente el origen, la expansión y la derivación o evolución de todo?  Se trataría de una dimensión más amplia, de la cual emergen:

  • la materia;
  • la vida;
  • la conciencia;
  • la diversidad cultural;
  • y finalmente la alta tecnología y la inteligencia artificial.

En este punto, pensamos ¿ese inconsciente “razona”? Quizá no razone como nosotros, ¿tal vez “organiza”, “experimenta”, “aprende”?  Tal vez genera estabilidad y novedad simultáneamente.  Como sea, la evolución parece mostrar algo curioso:  conserva; innova; selecciona; prueba caminos; acumula experiencia.  No es un razonamiento lógico como el humano, pero tampoco parecería ser puro azar, o tal vez deberíamos pensar que el azar no es puro azar.  ¿Pero cómo funciona eso?

Haremos foco en dos cuestiones que creemos importantes. Por un lado, acerca del análisis de la consideración de la expansión del universo representada como un “cosmos” (armonía, equilibrio, orden) o como un “caos” (disrupción, innovación, cambio) para tratar de comprender cómo funcionarían esos dos conceptos aparentemente antagónicos.  Por otro lado, analizar en el surgimiento de la vida, la conciencia, la diversidad cultural y la tecnología, cuáles serían los aspectos humanos que más se acercarían a aquella armonía y a aquella disrupción.

En la primera de esas cuestiones, nos preguntamos ¿será que el universo no está dominado por el cosmos ni por el caos, sino que podría existir una danza permanente entre ambos?  ¿El cosmos (la armonía y equilibrio) aportaría estabilidad? y el caos (disrupción e innovación) aportaría creatividad?

¿Cómo veían este tema algunos pensadores del siglo XX?  Alfred Whitehead (1929) en su obra “Proceso y Realidad: Un Ensayo de Cosmología” plantea que la realidad está compuesta por “entidades actuales” (momentos de experiencia o eventos) y que todo en el universo está vivo y en constante interacción, formando un todo orgánico e interdependiente, que el universo es un flujo continuo de creación (devenir), donde cada entidad toma datos del pasado, los integra en el presente y crea una nueva realidad para el futuro.

Henri Bergson, en 1907 (La Evolución Creadora) expuso que la evolución biológica no ocurriría por simple azar o por adaptación mecánica, sino que sería impulsada por una fuerza creativa interna, constante y espiritual compartida por todos los seres vivos.

Propone que, para captar la esencia de la vida y el movimiento, más que la ciencia y la inteligencia humana que fragmentan la realidad hay que apelar a la intuición: una experiencia directa y empática que nos permite penetrar en el interior de las cosas en lugar de observarlas desde afuera.

Por su parte, Pierre Teilhard de Chardin (1955) en su obra “El Fenómeno Humano” busca integrar la evolución científica con la teología católica, proponiendo una visión dinámica del universo donde la materia y el espíritu están íntimamente conectados. Describe a la evolución como un proceso que conduce a una complejidad creciente que culmina en la unificación de la conciencia.

Cabe entonces el interrogante: ¿La experiencia del universo se retroalimenta y acumula? Podríamos afirmar que la ciencia puede describir la evolución física del universo, pero no se sabe si existe una memoria profunda o una experiencia acumulativa del cosmos.  Sin embargo, podríamos imaginar una continuidad o secuencia en la que cada nivel contiene, de algún modo, la historia de los niveles anteriores:

  • las estrellas sintetizan elementos (son fábricas cósmicas);
  • esos elementos hacen posible los planetas;
  • los planetas permiten la vida;
  • la vida produce conciencia;
  • la conciencia genera diversidad cultural;
  • la cultura produce tecnología.

En la segunda de aquellas cuestiones, sobre cuáles serían los aspectos humanos que más se acercarían a la armonía y el equilibrio (cosmos) o a la disrupción e innovación (caos), nos situamos en el surgimiento de la conciencia, seguida de la diversidad cultural y luego por el surgimiento de la tecnología.  Se nos ocurran estas preguntas:

  • ¿A lo largo del surgimiento de la conciencia y de la diversidad cultural habrán tenido un papel fundamental o preponderante aspectos humanos tales como la cooperación, la empatía, la capacidad de crear vínculos, la reciprocidad, la compasión, la coherencia positiva, el respeto a lo diferente, la espiritualidad, lo emocional, etc.?, todo eso que Humberto Maturana (1991) denomina “el amor” (en: “El Sentido de lo Humano)
  • ¿A partir del surgimiento de la tecnología hasta nuestros días habrán sido más preponderantes los aspectos humanos relacionados con la competencia, la agresión, lo material, la insensibilidad, la discrepancia, la discriminación, el antagonismo, la intolerancia, etcétera?

¿Es la fragmentación un aspecto de gran interferencia en el camino hacia la Inteligencia Relacional?

Volvemos al punto de partida de cómo conciliar las tres inteligencias propuestas (natural, humana y artificial) y la misión emergente de una futura Inteligencia Relacional.  Pensemos la posibilidad de una evolución universal que podría contemplarse como un movimiento doble de:

  • Expansión: la unidad se despliega en diversidad, surgen galaxias, estrellas, vida, seres humanos, culturas, tecnología, inteligencia artificial.
  • Retorno: la diversidad adquiere conciencia de su origen común, donde no desaparecen las diferencias, sino que éstas reconocen su pertenencia a una unidad más profunda.

Tal vez entonces la inteligencia humana no sería un accidente aislado y la inteligencia artificial tampoco, serían formas mediante las cuales el universo se vuelve progresivamente capaz de conocerse a sí mismo. ¿Y la futura inteligencia relacional -que imaginamos como misión hacia futuro-, no sería una inteligencia separada, sino que podría pertenecer al mismo proceso evolutivo universal, o aún una parte sustancial de la misión del universo?, en un proceso de conocimiento o autoconocimiento?

Acaso lo que las religiones llaman Dios, aquello que la física busca comprender en el origen del universo, aquello que Jung entrevió como inconsciente colectivo y aquello que los pueblos originarios perciben como la trama sagrada de la vida, sean distintos lenguajes intentando aproximarse a un mismo misterio.  No sabemos si esa intuición es literalmente verdadera, pero sí sabemos algo notable: la propia evolución ha producido seres capaces de formular estas preguntas.

Hay una imagen que se nos está formando: hace unos cuatro mil millones de años, la Tierra era un planeta sin conciencia, luego aparecieron las primeras células, muchísimo después algunos primates desarrollaron lenguaje y autoconciencia y hace apenas hace unas décadas, esa conciencia comenzó a construir inteligencias artificiales.  Podría parecer una sucesión de rupturas, pero quizás sea una sola historia, la del universo desplegando progresivamente capacidades:

  • primero existir;
  • luego vivir;
  • después sentir;
  • más tarde pensar;
  • finalmente reflexionar sobre sí mismo.

Entonces se nos presenta el interrogante de que quizás aún falte una etapa, no de una inteligencia más poderosa sino más sabia, capaz de no causar destrucción, de diferenciar sin separar y de recordar sin retroceder, acaso una siguiente fase de la inteligencia: la relacional.

¿Estará la humanidad hoy día poniendo en riesgo esa supuesta continuidad evolutiva del universo?  y si ese riesgo se torna altamente peligroso, ¿cuál sería la respuesta de autorregulación y equilibrio? 

La clave a esos interrogantes es un nuevo interrogante: ¿Cómo puede una especie que ha alcanzado un enorme poder tecnológico recuperar conscientemente su pertenencia a la historia profunda de la vida y del universo?

Ante ese interrogante tan importante, recordamos a Bohm (1988) en su obra “La Totalidad y el Orden Implicado”. Él veía la fragmentación no simplemente como un problema intelectual, sino como una enfermedad de la civilización, de la sociedad moderna.  Describe los alcances de esa fragmentación:

  • la naturaleza y el hombre;
  • el cuerpo y la mente;
  • la razón y la emoción;
  • las ciencias entre sí;
  • las culturas;
  • los individuos;
  • incluso nuestro propio yo.

Y lo más grave de esa reproducción de la fragmentación es que se termina creyendo que esas fragmentaciones son la realidad misma, cuando en realidad son modos de describirla.  Para Bohm, la totalidad es primordial; las partes son abstracciones útiles pero secundarias, fragmentar resulta operativo, pero ha ido mucho más allá de lo que resulta útil como herramienta.

¿Será la fragmentación como una especie de cáncer de la sociedad moderna?, porque una célula cancerosa no es “mala”, simplemente ha olvidado que pertenece al organismo, comienza a reproducirse en función de sí misma y termina destruyendo el cuerpo que la sustenta, destruyéndose finalmente a sí misma.  Esta reflexión podría ser una metáfora inquietantemente cercana a la situación de nuestra sociedad global actual.

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Si pensamos en la inteligencia natural vemos que nunca se fragmentó, jamás perdió la totalidad, un ecosistema no funciona por fragmentos aislados, la biosfera tampoco, la evolución tampoco, todo está relacionado con todo.  La fragmentación es, en gran medida, una construcción de la conciencia humana y quizá por eso la inteligencia humana se ha vuelto tan poderosa y, simultáneamente, tan peligrosa.

.¿En qué consistiría la transición hacia la Inteligencia Relacional?

Una línea de búsqueda de respuesta al interrogante clave de más arriba, o de cómo la inteligencia humana podría recuperar conscientemente la pertenencia a la historia profunda de la vida y del universo, sería apuntar a “aprender nuevamente a relacionar y unir”, algo así como esa famosa frase, pero adaptada que diría “que el hombre no separe lo que el universo ha unido; y si lo separó, que aprenda nuevamente a unir”.

Tal vez sea la fragmentación, llevada al extremo al que llegó, el factor de disrupción al haber alcanzado un punto límite en que amenaza la sostenibilidad del sistema y como problema que constituye se reconvierta en el motor de impulsión hacia la siguiente etapa evolutiva de la inteligencia: la inteligencia relacional.   En otras palabras: la fragmentación es la crisis que hace necesario un salto evolutivo hacia la relacionalidad, a su necesidad de desarrollarlo.  La Inteligencia Relacional no nacería a pesar de la fragmentación, surgiría precisamente porque la fragmentación ha revelado sus límites extremos.

No se trata de abandonar la ciencia, ni de regresar a un estado premoderno, ni de renunciar a la conciencia, ni de idealizar la naturaleza, sino de conservar la capacidad de distinguir y al mismo tiempo, de recuperar la capacidad de relacionar.  En otras palabras: no se trata de dejar de separar, sino de aprender nuevamente a relacionar y unir.

Si desciendo toda esa configuración a una escala muy menor, la de la gestión del patrimonio, ¿qué encuentro?  Percibo una sintonía con la meta holística del universo: conservar el pasado, regular el presente e innovar el futuro.  En conclusión, podemos pensar y sostener que la humanidad necesita desarrollar una nueva inteligencia o etapa evolutiva de la misma, la de la relacionalidad, capaz de reconciliar memoria e innovación, naturaleza y tecnología, unidad y diversidad, para continuar sosteniblemente el proceso evolutivo del que forma parte sin destruir las condiciones que lo hacen posible, y quizá la historia de las tres inteligencias pueda contemplarse de otro modo:

Inteligencia natural: predominio de la unidad.

Inteligencia humana: predominio de la diferenciación y la fragmentación.

Inteligencia artificial: amplificación de la capacidad analítica.

Inteligencia relacional futura: reencuentro consciente entre unidad y diversidad.

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(*) Roberto Molinari es antropólogo y consultor en Gestión del Patrimonio y Planificación Estratégica.