Del desarrollo agroindustrial a la necesaria transición agroecológica
Ante los impactos negativos de la producción agroindustrial actual, la agroecología es una opción viable y necesaria que puede ofrecer alimentos saludables a la sociedad, arraigo rural para productores que permanecen aún en el campo, ingresos dignos, generación de empleo y nuevos vínculos entre productores y consumidores.
Por Eduardo Spiaggi (*)
Desde 1997 a 2015, la producción (rinde de la soja) creció entre un 12-15%, mientras que el uso de agroquímicos creció entre un 250-300%, siendo la Argentina el país que más agrotóxicos usa por habitante en el mundo. En el caso del glifosato, se pasó de 1 litro por hectárea a más de 10 litros por hectárea y, en algunos cultivos como el algodón, a 40 litros por hectárea (1).
Hoy existen claras evidencias de que el glifosato y las otras sustancias que completan su fórmula no solo no son inocuas, sino que afectan la salud humana y la de los otros seres vivos. La Organización Mundial para la Salud (OMS) lo declaró potencialmente cancerígeno y recientemente tribunales de Estados Unidos han fallado contra Monsanto, condenando a la empresa (hoy Bayer) por afectar seriamente la salud de personas que lo utilizaron durante años y por ocultar información sobre su toxicidad.
A la par, el modelo vigente va expulsando a campesinos, indígenas (son especialmente conocidos los casos en Santiago del Estero y Salta, aunque no son los únicos) y pequeños productores que por falta de escala y/o capital no pueden aplicar este modelo tecnológico, apropiándose de sus tierras grandes empresas o grupos de inversión. Al ser tecnológicamente intensivo y de escala, es poco demandante de mano de obra en zonas rurales, lo que potencia el éxodo hacia zonas urbanas y periurbanas.
Es innegable la importancia económica de la agricultura industrial en la generación de divisas por exportaciones, en la actividad de las empresas dedicadas a la maquinaria agrícola y los servicios ligados (transportes, maquinaria para la extracción de aceites, etcétera); y los ingresos que obtiene el Estado vía retenciones.
También es cierto que, al momento de hacer balances, los impactos socioambientales no son tenidos en cuenta; y si se incluyeran en estos las externalidades (impacto en los servicios ecosistémicos, en la salud humana, accidentes en rutas por el transporte en camiones, huella ecológica, etcétera), las “cuentas” serían muy distintas.
La agroecología, una opción viable y necesaria
La agroecología es una disciplina científica que surge en Latinoamérica (México y otros países vecinos) a finales de los años 60 e inicios de los 70 del siglo pasado, en el encuentro del conocimiento campesino-indígena con el saber científico-académico, poniendo en crisis los postulados de la denominada “Revolución Verde”, en auge en ese momento, basada en el uso de nuevas variedades híbridas (“mejoradas” genéticamente), utilizadas en grandes extensiones de monocultivos y en el creciente uso de insumos (biocidas y fertilizantes de síntesis química). Así, se promovió desde las agencias internacionales (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura –FAO) y distintos organismos de investigación, universidades y agencias de extensión), la adopción de este paquete tecnológico que fue directamente a atacar la base de la producción campesino-indígena y de pequeños y medianos productores, históricamente basada en la diversificación e integración productiva, con poco o nulo uso de insumos externos.
En nuestro país, las experiencias de carácter agroecológico vienen creciendo y expandiéndose de manera notable. Si hace un par de décadas costaba encontrarlas, hoy hay una enorme diversidad de ejemplos de distinta escala, despliegue territorial y magnitud. En muchos casos han surgido al calor del conflicto que se En Argentina las experiencias de carácter agroecológico vienen creciendo y expandiéndose de manera notable, existe una gran diversidad de ejemplos de distinta escala, despliegue territorial y magnitud. suscita en las zonas periurbanas donde cada vez más comunidades resisten y se oponen a las fumigaciones.
Así, nos encontramos en Santa Fe con localidades como las de Hersilia, Zavalla, Chabas (por nombrar solo algunas) que han dictado normas de protección/ restricción a las fumigaciones y a su vez promueven la producción agroecológica en las áreas periurbanas, la Granja Naturaleza Viva en Guadalupe Norte (verdadero “faro” agroecológico), el Proyecto Agroecológico Casilda (PACA) en la zona de Casilda y más recientemente el Programa de Alimentos Sustentables (PAS) del Ministerio de la Producción, que apoya y promueve iniciativas de este tipo en distintas localidades. Hay ejemplos en distintas provincias, como el Programa de Alimentación Sana Segura Soberana (PASSS) en Gualeguaychú, La Aurora en Benito Juárez y Guaminí, ambos en la Provincia de Buenos Aires, y la Red Nacional de Municipios que apoyan la Agroecología (RENAMA).
“En nuestro país, las experiencias de carácter agroecológico vienen creciendo y expandiéndose de manera notable. Si hace un par de décadas costaba encontrarlas, hoy hay una enorme diversidad de ejemplos de distinta escala, despliegue territorial y magnitud”.
Los ejemplos son muchos más, si pensamos además en aquellos que se encuentran en transición, es decir que han iniciado un cambio del modelo industrial al agroecológico pero que todavía no se han consolidado. Tenemos hoy una batería de casos concretos que sirven para demostrar la viabilidad económica y socioambiental de la agroecología, ofreciendo alimentos saludables a la sociedad, arraigo rural para productores que permanecen aún en el campo, ingresos dignos y generación de empleo; y nuevos vínculos entre productores y consumidores, circuitos cortos que permiten conservar la calidad de los productos y disminuir el impacto ambiental de transporte y embalaje.
“Es el momento de preguntarnos como sociedad qué alimentación queremos y quién la va a producir, de repensar las relaciones campo-ciudad y sociedad-naturaleza”.
Sin duda se necesitan políticas públicas (planes, proyectos, legislación) en relación al uso de agroquímicos que prioricen la salud humana y ecosistémica, y que fomenten la agroecología a nivel local, regional y nacional; y se necesita una sociedad organizada y participativa que las demande y controle su ejecución.
(*) Eduardo Spiaggi es doctor en Agroecología, docente de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) e integrante del Equipo Humedales de Taller Ecologista. Este artículo de Opinión fue publicado originalmente en la Revista Pulso Ambiental de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN).
Referencias 1) http://www.noticiauno.com.ar/nota/3502-Argentina-lidera-el-ranking-mundial-por-la-cantidad-de-glifosato-que-usa-el-campo



