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«La decadencia es peligrosa porque conjuga a la vez las ignorancias, pero también los olvidos»

Diálogo con Miguel Ángel Federik, poeta.

Por Nahuel Maciel

Miguel Ángel Federik es tal vez hoy por hoy el poeta, el escritor mayor de la literatura entrerriana y de mayor resonancia en los misteriosos rincones de la Selva Montielera. Autor de “La estatura de la sed” (1971), “Los sepulcros vencidos” (1974), “Fuegos de bien amar” (1986), “Una liturgia para Némesis” (1994, premio Fray Mocho de poesía), “De cuerpo impar” (2001), “Imaginario de Santa Ana” (2004) y “Niña del desierto y otros poemas” (2010), entre muchos otros libros y producciones refleja que su capacidad creadora convoca a la palabra para derrotar al olvido.

Sus ensayos también tienen esa suma poética y honra la memoria de personalidades como la de Daniel Elías, Alberto Gerchunoff, Juan L. Ortiz, Carlos Mastronardi, Ana Teresa Fabani, Francisco Madariaga y Juan José Manauta, por citar un derrotero que permite ahondar en trayectorias que siguen marcando rumbos.

“Geografía de la fábula” mereció el segundo premio del Fondo Nacional de las Artes en 2017 y es el título de su Obra Poética reunida, editada por el fondo editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos (EDUNER).

Citar su obra como sus innumerables aportes literarios, excede este espacio pero que alcance decir que su generosidad impar es otro aporte clave para que las palabras no queden atrapadas en el silencio, ni mucho menos en el olvido.

En la entrevista con ANÁLISIS, Miguel Ángel Federik destaca la importancia del diálogo para generar la cultura del encuentro. Nunca se ubica del lado de la respuesta, sino de una búsqueda incesante, como él mismo enseña: “Todo diálogo supone dos o más personas dispuestas a andar y desandar un camino hacia un punto o varios puntos en común, inexistentes al principio, pero que ambas están dispuestas a aceptar finalmente; y esto hace de todo diálogo un enriquecimiento recíproco”.

Y en otro tramo aporta: “Todo lenguaje es el precipitado de un saber. Las palabras encierran tesoros de conocimientos”.

-Vivimos una época donde pareciera que está debilitado el diálogo generacional, padres e hijos; escuela-familia; Estado y sociedad. En la era de las comunicaciones, uno de los elementos que más se ha deteriorado ha sido el diálogo, paradójicamente.

-Así es. Creo que las nuevas tecnologías y el impacto que su uso, a veces no cuidadoso por parte de los padres porque son quienes deben guiar siempre la educación de sus hijos… todo animalito, incluso el humano, educa a sus crías, enseñándoles paso a paso la vida. Hoy por hoy lo veo con mis nietos, donde su tiempo al frente de las pantallas es muy superior al diálogo que pudiéramos tener entre nosotros, inclusive con sus padres o sus primos cuando se juntan en familia. Cada uno se entretiene con su tablet o su celular, con sus imágenes; dialogando a su manera e inclusive viendo dibujos animados. La imagen, el color, el movimiento y los sonidos están perfectamente diseñados para esa adicción, pero no adjudiquemos una costumbre malsana a los niños que son criaturas inocentes. Hay que adjudicarlo en parte a un diseño especializado en la captación de estas atenciones. Entonces, eso no sólo obtura el diálogo en sí y en el ámbito de la familia; sino que también va educando en una forma de soledad con la pantalla y que se transforma en patética porque lo que no se adquiere a cierta edad, luego será casi imposible hacerlo. Hay cosas que se saben a los 10 años únicamente y otras que se saben a los 50 años. La forma de aprendizaje y la adquisición de ciertas ideas, sensaciones y percepciones tienen su tiempo. No sé cómo recuperarán mañana -esos niños de hoy- las propias lenguas familiares. Y ni qué hablar cuando en una familia hay más de una lengua materna. Hay diseños comunicacionales que son de fácil uso, pero de un complejo diseño.

– ¿Qué implica entonces el diálogo?

-Todo diálogo supone dos o más personas dispuestas a andar y desandar un camino hacia un punto o varios puntos en común, inexistentes al principio, pero que ambas están dispuestas a aceptar finalmente; y esto hace de todo diálogo un enriquecimiento recíproco. La mayéutica socrática apuntaba a que cada uno descubra la verdad por sí mismo; de ahí que todo diálogo requiera de posiciones flexibles, y sea ejercido con lealtad. De alguna manera, es saber que toda opinión es -al fin y al cabo-, una afirmación que vacila entre la duda y la certeza. Por eso, cuando hoy se dice -como si ese fuera el mayor grado posible de saber y de tolerancia: “Esta es mi opinión y la sostengo”, estamos ante algo más grave que un problema semántico. Estamos ante un disfraz de la intolerancia, ante una máscara de la certeza irrebatible, de la sentencia inapelable. Y ese es otro terreno, que ya tiene su nombre por supuesto.

-Podría dar un ejemplo.

-Hay varios: existe la diatriba que es más bien agresiva e injuriosa; o la polémica que no por fundada deja de ser a veces inflexible…y luego las creencias, donde a un supuesto saber le agregamos el peso de nuestra voluntad de que así sea. Grandes civilizaciones precolombinas creyeron en el Dios-Sol y en la Diosa Luna, sabiendo de astronomía no menos que Copérnico y que hasta el mismo Galileo Galilei si me apuran; pero su mirada era creyente y entonces “veían lo que creían”. Levi Strauss -creo que en “Tristes Trópicos”– dice aquello de que mientras los cristianos debatían en sus concilios si los “indios” tenían alma o no, los “indios” se pasaban días y días ante el cadáver de un español para verificar si era un dios o si se descomponía. Y agrega aquello tan hermoso de que, a ignorancias iguales, era superior ver en el prójimo un dios que un animal. Y ahí ya estamos en el orden de las creencias. Se sabe que la guerra o la conquista es la ausencia del diálogo. La conquista de América no fue un diálogo, salvo quizás en las Misiones Jesuíticas. El diálogo presupone un semejante respetable. Urquiza se trajo sus cañones y caballos a Entre Ríos, y dejo que el “Acuerdo de San Nicolás” resolviera algunas cosas, no sólo contra sus propias ideas, sino también de las del propio Juan Bautista Alberdi, que en una carta a Vélez Sarsfield -cuando éste le dio a conocer su Proyecto de Código Civil- le respondiera que muy a su pesar, la Constitución refería a la iglesia católica y que por ende el concepto y la defensa de la propiedad privada de Vélez Sarsfield contradecía ese artículo segundo. De algún modo, aunque bajo otros paradigmas seguimos debatiendo lo mismo. Hay diálogos que duran siglos.

-Supongamos entonces que en nuestra sociedad y en nuestra historia las cosas no han sido y no son tan apacibles, y las posiciones diferentes y hasta antagónicas ya estuvieron y están a la vista…

-Sí, por cierto; pensemos entonces que en ese caso ingresaríamos al orden de la polémica donde las posiciones parten de presupuestos y creencias opuestas y por eso -al contrario de los diálogos- requieren del discurso escrito y fundamentaciones de toda índole. Además, están dirigidas más que al interlocutor oponente, a un conjunto invisible de terceros adherentes a una u otra posición. Hay un libro llamado “Homo Ludens” de Johan Huizinga, posterior por cierto al Homo Sapiens del Siglo XVIII -porque no somos tan racionales como se creía- e inclusive posterior al Homo Faber; – porque eso de faber lo compartimos con algunos animales- y que nos recuerda cómo el juego es intrínseco a la cultura humana: desde el proceso judicial como juego, a la poesía como juego; nuestros payadores hacían eso, como los antiguos poetas del haikú, lo hacían. Sería necesario releerlo para comprender que este o aquel contrincante u opositor lo es solamente mientras dura el ratito que dura el juego. De ahí a creer y otorgarle a circunstanciales jugadores representaciones, saberes y poderes que no tienen, es creer demasiado en “ídolos” del pensar. Realmente no veo diferencias entre las viejecitas litoraleñas que tienen una mesa repleta de santos y santitas y unas velitas de colores encendidas a quienes encomiendan sus almas y deseos, y la pléyade numerosa de “partidarios” que “creen” en sus “ideas” políticas. Hay una diferencia notable entre tener ideas y tener creencias. Las ideas son más flexibles que las creencias que incluso tienen sus ortodoxos y sus heterodoxos. Hoy el léxico político insiste en “compartir valores”, llevando a terrenos axiológicos unas archisabidas disensiones políticas; y eso no es sólo una ofensa al prójimo, sino también una ofensa al lenguaje.

-Volvamos a tierra actual por un instante ¿Qué piensa del “fenómeno Javier Milei”?

– Me recuerda mucho a los Titanes en el Ring de mi infancia; donde también había un personaje, un disfraz, una máscara representativa de los poderes del Mal que, sin embargo, era poderoso y a veces triunfaba contra los otros que representaban las pulsiones de los buenos. Todo en él es rígido, antiguo y vendado, como el personaje de la Momia. Sus ideas son en realidad consignas bastante antiguas, pero él las enuncia como verdades matemáticas y absolutas. Todo su discurso simula ser matemático: compara los “empleados” de la NASA con los del CONICET, lo cual implica ignorancias del tamaño de comparar peras con carburadores, es decir, pienso que es un disparate peligroso, una derecha anti-democrática, un ortodoxo violento -en términos psicológicos inclusive- que ignora las formas en que se han resuelto en la sociedad argentina esos conflictos. El dato sociológico de que la mayoría de sus votantes son jóvenes que no han conocido dictadura alguna, es como si por eso -y para empardar en algo a otros resistentes- la estuviesen proponiendo. Además, suele proferir en vano el nombre de Alberdi, todo lo cual da cuentas ciertas de que también lo ignora. Ya dije lo que Alberdi le respondió a Vélez Sarsfield cuando éste le enviara su proyecto de Código Civil. Milei cita a Alberdi, como si un asesino serial se dijera devoto de Gandhi o de San Juan de La Cruz. Su reduccionismo no es menos patético que el de algunas generaciones que hace décadas no superan niveles mínimos de comprensión de textos. Pero, eso sí: nunca he comprendido enteramente cómo ni por qué las ignorancias, las intolerancias, las ortodoxias, los asesinatos en masa, son siempre de derecha. En fin, propongo una cuestión sencilla: leer a Alberdi, más o menos completo, inclusive en sus cartas con otros intelectuales de su tiempo, que en modo alguno son textos esotéricos. Y así sabrán cómo se lo está invocando en vano.

– ¿Y los diálogos, entonces?

-Aunque parezca mentira “la grieta” inventada como un título periodístico, ha ganado terreno. Pero, pensemos que “grieta”, proviene “del latín vulgar crepta, forma sincopada de crepita, participio del verbo crepare (crujir, rechinar, crepitar); pero, su sinónimo básico es “rajadura” y extrapolado a los órdenes políticos daría cuenta de una fractura infranqueable entre dos intolerancias recíprocas, y si admitimos esto, “la grieta” sería una expresión designatriz -un poco acomodaticia- de dos intolerancias enfrentadas. Pero, claro, es un poco “zen” referirse “al vacío del medio” para evitar decir que la grieta son dos intolerancias, dos ortodoxias irreductibles. Es otra vez el ustedes o nosotros. Nadie puede proferir la palabra “grieta” sin hacerse cargo de sus propias intolerancias. Vengo escuchando hace rato a personajes públicos sin muchos antecedentes intelectuales a la vista, repetir como un sonsonete inexplicable: “Debemos discutir qué país queremos”; como si un país se inventara en unas elecciones prefijadas y/o ya no hubiera un país, o cómo si ese país ya no se hubiera resuelto entre unitarios y federales con la Constitución de 1853 y la retirada de Pavón que le costó la muerte a Urquiza, y luego a López Jordán, que era opuesto a Urquiza. Las dictaduras sucesivas que hemos padecido sostenían que “la cultura” no debía inmiscuirse en “la política”. Y consiguieron lo contrario tan útil a sus fines: que la política no repare en la cultura y que a nuestros “tribunos” no se les exija siquiera un breve curriculum de saberes mínimos. Cuidar la palabra, vendría a ser algo así como respetar al prójimo, respetándose a sí mismo.

Lo absoluto dominante

-Iba a decir algo cuando lo interrumpí…

-Se suele decir con demasiada frecuencia, que el cristianismo destruyó el mundo clásico greco-romano, como si ese mundo por sí mismo, ya no hubiera sido destructor de otros; y además si fuera cierto lo es a medias: pensemos que San Agustín era Platónico y que Santo Tomás fue Aristotélico. Pensemos en la Florencia de Lorenzo el Magnífico y su Academia, y con Savonarola gritando en las plazas. Y pensemos en San Francisco de Asís y en Botticelli en el Quattrocento italiano. Y más aún, vayamos dos siglos para atrás para saber que el sustrato “religioso” del Dante provenía de los cátaros que eran herejes y perseguidos. Y pensemos en términos actuales: las guerras religiosas más crueles que ha visto Occidente se han dado cien veces más entre “cristianos” que entre éstos y los otros. Los musulmanes tienen sus diferencias, como los hebreos tienen las suyas. Es decir: ni en el orden de las ideas, ni en el orden de las creencias, uno sólo las tiene todas consigo: de ahí aquello de Paulo Freyre de que nadie sabe todo y nadie ignora todo. El diálogo y los diálogos son lo imprescindible; máxime cuando nuestros supuestos “disensos” son tan antiguos y elementales que ya no merece la pena ocuparse de tales disidencias. Seguimos discutiendo la “conquista de América” que ya tiene más de 500 años, y está bien, por cierto; pero también debemos tomar nota de la conquista de la Luna. Ayer nomás China armó un sistema -y Argentina tiene algo que ver o no: nadie lo sabe- para llegar a la cara oculta de la Luna; Rusia fracasó en un alunizaje, que sí lograron los hindúes, y no sé si todo eso respetará “la propiedad de la humanidad” o si la conquista y colonización de la Luna exigirá mañana los terribles y milenarios “derechos nacionales de conquista” contra todo tratado o acuerdo previo y, finalmente, asistamos a la partición de la Luna desconociendo las convenciones de la ONU, sobre el espacio ultraterrestre. Hay un verso de un poeta español que dice: “Le tengo miedo a los humanos, / porque no tengo ojos en la espalda”. Un tal Mussolini soñaba con la restauración del Imperio Romano; un tal Franco, con la restauración del Imperio de Felipe II. Y el maestro mayor de esos delirios, fue un tal Adolf…, que iba más lejos: la superioridad universal de la raza aria. Esos sueños -una verdadera pesadilla- sólo dejaron millones de muertos, millones de monumentos y de cementerios. A esta altura de mi vida, ya reconozco a los dictadores por el lenguaje de su dedo índice y el tono de sus gritos. Mi bisabuelo materno, Giovanni De Battista, me decía siendo yo un niño de cinco o seis años, ante un monumento a los italianos a orillas del Uruguay donde la loba amamanta a Rómulo y Remo: –Nunca bebas leche de loba, bambino, después un hermano mata al otro. Nunca bebas leche de loba… Después supe por Hobbes aquello de Homo hominis lupus (locución latina de uso actual que significa “el hombre es el lobo del hombre” o “el hombre es un lobo para el hombre”) y sus “consejos” sobre una monarquía absoluta.

-Y hablando de monarquías absolutas, ¿qué piensa de la inteligencia artificial (IA)? ¿Le teme o no?

-Le temo más a los humanos que a las máquinas, que a su vez son manejadas por humanos. Pero pensemos lo contrario: humanos que deleguen en la IA sus torpezas y carencias y propongan esos “saberes” como propios e irreprochables. ¿Es imaginable un mundo sin “autoridades” humanas? Además ¿qué cosas “leeríamos” en la IA cuando está demostrado que hay millones de usuarios que no saben distinguir en un modesto celular, una información de una propaganda? O de otro modo, más terrible: ¿es posible leer sin tener una lengua? ¿Es posible leer hoy, sin tener más de una lengua? ¿Es posible leer sin comprender al menos los mecanismos del lenguaje con que se habla? ¿La IA cómo está traducida? ¿Quién traduce? ¿Hay un lenguaje universal en la IA? Huelo algo así como que estamos -otra vez- ante la nostalgia mítica de un tiempo anterior a Babel. Y seamos claros: ese episodio ocupa sólo un par de versículos en el Génesis y, sin embargo, hay millones de páginas escritas sobre ello. Con un amigo que lee en ruso, nos hemos propuesto traducir a Anna Ajmátova, desde su original comparando otras versiones al italiano o al portugués. Y fue él quien me enviara la traducción por IA que nos pareció rigurosa y a tener en cuenta y que inclusive podía ahorrarnos tiempo, pero no más de ahí, por cierto. Creer que ese “cerebro mágico” (así se llamaba el juego de mi infancia cuyas respuestas estaban predeterminadas por un orden de conexiones predeterminadas) nos dará todas las respuestas exactas, es un poco delirante y demasiado lesivo para desprevenidos. Supongamos ¿están incorporados a la IA todos los secretos de Estado de los Estados? Le temo más a los humanos.

Crisis y decadencia

– Se suele confundir los términos crisis y decadencia. Mientras que la crisis por definición es temporal, acotada en el tiempo. La decadencia deviene cuando se le pierde el rastro a la crisis.

-La decadencia argentina es notable y peligrosa. Lo vemos en la educación que es de donde salen todos los empresarios, los políticos y todos los funcionarios de los tres poderes y de los tres niveles del Estados: el nacional, el provincial y el municipal. Hace décadas que venimos repitiendo que “los jóvenes” no saben leer ni escribir de corrido y tampoco tienen capacidad de interpretación de cuánto leen. Bueno, esos jóvenes de ayer hoy votan y hasta gobiernan. Al problema lo tenemos detectado, pero esa es una zona de “discursos clausurados”; pues hablar de eso ya merece “la condena inapelable” de las redes de ser poco menos que un aristócrata y partidario del voto selectivo; es decir, un canalla liso y llano. Y entonces vuelve a ser operante la anestesia civil del “no te metás”, que ahora en su versión new age diría, se llama “lo políticamente correcto”, que es la forma más excelsa de la hipocresía. Nadie dice lo que realmente cree o piensa. Basta repetir un lugar común, una consigna anónima y listo. Por ejemplo, sería revulsivo a ese estado de cosas decir que sororidad, no es un neologismo de los colectivos LGTB, si no que ya existe escrito por ejemplo en El Satiricón de Petronio, que es un autor del Siglo I de nuestra era, puesto que las sororidades ya existían; o que algo similar al matrimonio igualitario ya está consignado en “Naufragios” que es el relato de aventuras americanas de Alvar Núñez Cabeza de Vaca del Siglo XVI como propio de algunas etnias con las que convivió en sus estancias por tierras de La Florida. Sí, el andaluz “descubridor” de las Cataratas del Iguazú ya da cuenta de matrimonios igualitarios hace 500 años, por ejemplo, pues “como no existía la ley, no existía el pecado”, mientras el derecho natural ya existía y el Informe Kinsey de las décadas “beatniks” lo corroboraba. La decadencia es peligrosa porque conjuga a la vez las ignorancias, pero también los olvidos. Las consecuencias de los diálogos, las tolerancias, los respetos y sus prácticas continuas han sido menos dañinas y menos enemigas de la vida y sus diversidades, que las ortodoxias y sus fundamentalismos consecuentes.

-Volvamos al diálogo como una búsqueda recíproca.

-Por chico de los ’70 reales, yo me eduqué con aquello de Paulo Freyre: Nadie sabe todo. Nadie ignora todo. Lo esencial son los diálogos, y cito de memoria, por cierto. Pero repito: los diálogos presuponen la voluntad de hallar juntos la certeza entrevista. La polémica en cambio es como si partiera de posiciones irreductibles y apelara al criterio de terceros o a la verdad como fruto de consensos mayoritarios. Mi padre me dio a leer la Teoría del Conocimiento de Johannes Hessen, cuando yo no había terminado mi modesto secundario y esa “ayudita” fue esencial, pues desde entonces sé que la verdad es más una búsqueda que un hallazgo y que ese camino ya había sido recorrido y que en general más que una verdad, lo realmente existente son criterios de verdades posibles. Esa minúscula lección de gnoseología -leída justo a tiempo- me ha impedido ser un dogmático, un autoritario o un ignorante, que a veces son lo mismo. Pero, claro, de ahí al relativismo total hay una distancia considerable. Una película inglesa de aquellos tiempos de cine-club llamada “If…” tiene un diálogo entre sus protagonistas enfrentados y uno dice: Si la libertad muere ¿Qué somos? Y el otro le responde: –Si la libertad vive, ¿Qué queda? y todo eso sucede en la escena de un partido de tenis, donde la pelota -golpe a golpe- iba y venía, como ahora.

-Siendo usted poeta ¿Qué nos dice entonces de los diálogos en poesía?

-En esta provincia -y ya lo dijo Alfredo Veiravé- no hubo parricidios literarios, y agrego ahora: hasta que llegaron los ’90, por cierto. Y, en esto de los diálogos en poesía, he creído por cierta formación oriental en la presencia tuitiva y alumbrante de los “maestros vivos”. Un poeta no reside enteramente en su poesía reunida y ni siquiera en sus ensayos literarios si los hizo, y menos aún en las múltiples miradas críticas que sobre su obra se realicen. Un poeta-maestro-vivo nos dona en sus diálogos privados otros bordes de comprensión y otros saberes quizás reservados solamente a eso, dicho solamente ahí y ese día. Por ejemplo, a Juan L. Ortiz, Francisco Madariaga y Arnaldo Calveyra los guardo como poetas tuitivos, novedosos, amparantes, como ahora siento a Leopoldo “Teuco” Castilla. Y hay otros poetas en que los diálogos enriquecedores suceden más bien en el orden de lo intelectual: saben tal cosa o tal autor que yo ignoro y por ello son educantes y no menos generosos que los otros que decía. Pero, amparar implica -más allá de los fecundos diálogos- guardar, proteger, cuidar. Y la tercera vía que experimento de tanto en tanto es leer a otros poetas lejanos como si dialogara con ellos y preguntándoles ¿por qué en vez de tal modo, no lo dijiste así, por ejemplo? Y ese diálogo interior, suele darme muchas respuestas. A veces traduzco “al vuelo y para mí” sobre todo del portugués o el italiano. Y al mes siguiente verifico ese entusiasmo y al comprobar ciertos errores, me quedo con el error como un ¡hallazgo propio! como si fuera un juego, que en definitiva lo es, pero en esa altura que decía Huizinga. Los poetas reales trabajan en la frontera de una materia que es su lengua y ante otras lenguas máxime ahora, persiguiendo la belleza; pero abriendo a la par la frontera de conciencia de su tiempo.

-A los poetas en la antigüedad le decían vate. De ahí deriva vaticinio, es decir, la capacidad de crear mundos. No es tanto lo profético, sino lo creativo. Un poeta –de algún modo- funda mundos. Quizás alguien en estos momentos abra un libro y se sienta transportado en las coordenadas del tiempo y del espacio, es decir, habitará otro mundo.

-Es cierto. Por ejemplo, si uno lee algunas páginas de “Los ríos profundos” del peruano José María Arguedas, para decir de un poeta en prosa, o El Tren casi fluvial” de Francisco Madariaga, de repente uno se encuentra y anda por esos paisajes, esas geografías, esos pueblos…

-Otra vez se quedó pensando…

-Si. Las frases hechas y los lugares comunes, además de insignificantes son peligrosos. Se suele anteponer ante una mera opinión vulgar, la muletilla del “yo creo que” o “yo pienso que”. Pero, si yo repitiese ahora: “La soberanía reside en el pueblo”, ello pondría en evidencia que ignoro por ejemplo a Achille Mbembé y aquella denunciante afirmación suya de “la soberanía reside en el poder” y con ella tantas otras cosas sobre el pensamiento sociológico y político contemporáneo y además desde una perspectiva novedosa por aquí. El pensamiento ortopédico que las frases hechas ofrecen, es muy cómodo como lo son todas las ortopedias. Son una sustitución de lo real y generalmente de lo verdadero. Yo creo y descreo de la criatura humana. Mientras estamos hablando, están naciendo gurisitos que -por aquí- hablarán castellano. Pero, ahora bien ¿heredan automáticamente todo el castellano? De hecho, no; pues hasta la propia lengua que hablamos no es una donación, sino una conquista. Y como decía Luis Rosales: “La lengua no es un sistema de comunicación, sino de instalación vital, y quien no habla bien su lengua, no ha aprendido a vivir”. Jauretche dice en su tratado elemental sobre las zonceras argentinas que, para el zonzo, “su fuerza no está en la argumentación. Simplemente excluyen la argumentación actuando dogmáticamente mediante un axioma introducido en la inteligencia -que sirve de premisa- y su eficacia no depende, por lo tanto, de la habilidad en la discusión, como de que no haya discusión. Porque en cuanto el zonzo analiza la zoncera, deja de ser zonzo”.

FEDERIK-1-edited-1 "La decadencia es peligrosa porque conjuga a la vez las ignorancias, pero también los olvidos"
Todo diálogo supone dos o más personas dispuestas a andar y desandar un camino hacia un punto o varios puntos en común (…) y esto hace de todo diálogo un enriquecimiento recíproco
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Las consecuencias de los diálogos, las tolerancias, los respetos y sus prácticas continuas han sido menos dañinas y menos enemigas de la vida y sus diversidades, que las ortodoxias y sus fundamentalismos consecuentes

Los nuestros

-Muchos municipios publican libros. Sin embargo, el Municipio de Villaguay se destaca en el concierto nacional por un fondo editorial que abreva en ese concepto tan antiguo y tan presente: pinta tu aldea y serás universal.

-Debo decir que esa iniciativa nació de manera casual, pero fundamentalmente mágica, si entendemos que la magia es hacer real aquello que es imposible. En Villaguay vivió a fines del Siglo XIX y principios del Siglo XX, Venancio García Pereira, un médico recibido en Santiago de Compostela, especializado en Madrid. Incluso se casó en Madrid. Devoto de aquellas ideas románticas, se viene a América; a un pueblo lejano, casi perdido en el mapa y lo hace con una actitud de ejercer -podríamos decir- su medicina devocional y social. Vivió y ejerció médico en Villaguay, fundó el primer Hospital de Caridad. Ese hombre convoca a las damas de la burguesía local para que, además de donar campanas a las Iglesias, se pongan a trabajar al servicio de la niñez desvalida, de esa niñez que era la más pobre y necesitada al mismo tiempo. Cuando las parturientas morían en el acto de parir, él se llevaba a esas criaturas y las criaba en su casa con nodrizas que cuidaban a esos niños. Era un ser maravilloso en su reivindicación de la condición humana. Si bien se casó en España, su mujer quedó allá, no lo acompañó hasta estas tierras. Y muere siendo joven. El baúl con sus ropas y pertenencias, y unos cuantos pliegos con sus escritos y sus cosas, se enviaron a España, a su pueblo natal: Cangas de Narcea, que está en el Principado de Asturias. En se lugar existe -en Gijón- el “Museo del Pueblo de Asturias”. Se trata de una institución destinada a descubrir, hallar, seguir y documentar las historias de los asturianos en el mundo. Un día -cien años después- esos papeles caen en manos de quien era director de ese Museo, Juaco López Álvarez, que a su vez era pariente de este médico. Y así empieza a leer en esos papeles sobre Villaguay, de unas fiestas en el campo, de determinadas danzas y bailes con nombres propios, pero al mismo tiempo extraños para un asturiano; lee sobre un río y sobre días de pesca; de comer asado en los montes, de la selva y hasta unas diatribas hacia el curanderismo. En resumen, le pareció un relato propio del realismo mágico, cuando era en realidad un precursor de la prosa costumbrista nacional y entrerriana. Y se le ocurre “googlear” para comprobar si ese pueblo llamado Villaguay era real. Así se pone en contacto con nuestro Museo y el Municipio y así terminamos publicando el primer libro de la colección que se tituló “Cuadros y escenas criollas de Villaguay” y se hizo de manera conjunta con el Museo y el Ayuntamiento de Gijón. A pesar que este médico tenía placas colocadas en las paredes del propio Hospital actual, en la ciudad era profundamente desconocido. Lo otro que hizo posible esto, fue que en ese entonces era intendente Adrián Fuertes, con quien me une una amistad de muchos años, y con él decidimos recuperar esas historias perdidas, recuperar como una valoración esos elementos que son parte del pasado de Villaguay. Y lo hicimos con un fondo editorial, una colección donde los prólogos, a veces aportes de investigación y otras circunstancias que hacen al armado de cada de libro se completan con aportes de otras personas que no son necesariamente de Villaguay. El hecho de que sea una colección, de alguna manera privilegia a los autores. En esas búsquedas, por ejemplo, encontramos un texto inédito, “Marroncito, el hornerito rebelde”, de Juan Carlos “Gallina” Alsina, que es una fábula entrerriana. Otro tomo está dedicado a cierta auto-biografía del cantautor villaguayense Víctor Velázquez, que tuvo prólogo de Mario Alarcón Muñiz. De Juan L. Ortiz -que vivió parte de su infancia en Villaguay- publicamos “Al Villaguay”. Y así los ejemplos pueden seguir. La colección “Los nuestros” lleva publicados diez libros. Y durante la intendencia de Claudia Monjo se le dio continuidad con un fondo que se llama “Los nuestros en la historia”, donde la mirada está destinada más enfocada en la historia local. Y como idea de Claudia Monjo estamos preparando un libro escrito por mujeres que cuentan historias de fantasmas, poseídas y aparecidos en distintos edificios públicos de la ciudad; que también forma parte de la historia profunda, máxime en el corazón de la Selva Montielera.

La lengua

-Tal vez la lengua de un pueblo sea acaso uno de los instrumentos más fecundos a la hora de transmitir y compartir una identidad. Una vez leí que cuando un idioma desaparece la humanidad se empobrece.

-Estoy de acuerdo. Y pienso y siento que el guaraní es un muy buen ejemplo en esto de ser fecundo trasmisor de cultura e identidad. El guaraní es un sistema lingüístico de una complejidad notable y dotado de una eufonía casi inusual… una lengua que permite una libertad a su hablante por ser poli aglutinante… y permitirle crear palabras nuevas. Un idioma que tiene cuatro niveles de lenguaje usuales, unos para el trato individual con sus dioses, otro entre sus prójimos, etcétera. Y ese complejo sistema lingüístico solo puede ser creado por una inmensa conciencia civilizada. Todo lenguaje es el precipitado de un saber. Las palabras encierran tesoros de conocimientos. No son meros sonidos, meros grafismos, meros objetos que permiten una comunicación. Son la residencia de un saber.

-El libro tal vez sea nuestro artilugio tecnológico más importante para establecer, por ejemplo, la educación a distancia. Sin embargo, pareciera que estuviera destituido de ese rol.

-El libro siempre sobrevivirá, porque la palabra escrita vence al tiempo y en el libro la conciencia lectora es el propio cerebro humano. Cuando apareció la radio decían que iba a morir el libro papel, lo mismo pasó con la televisión y ahora con el e-book; pero mire, mientras las multinacionales sigan fabricando impresoras, el mundo seguirá siendo de papel. Con la aparición de la informática y con internet también se ha querido sepultar a otros tantos soportes. Lo esencial es que la consciencia lectora sigue siendo humana. Lo que persiste no es solo el libro en sí como objeto, como continente de saberes, de información, de imaginaciones… lo atrayente es que la consciencia lectora es humana y es infinita: cuando más se lee, mejor se lee y más se lee.

-Me hace acordar mucho una idea de Ivonne Bordelois, extraída de “El país que nos habla”, que la pondré al lector de manera textual: “Lo que está en causa en todos los rincones del planeta es la sobrevivencia de la palabra humana: la palabra bantú, la palabra guaraní, la palabra china, la palabra iraquí, la palabra vasca, la palabra francesa, la palabra catalana. Lo que está en causa es la subsistencia de la mera palabra, la que todos los días debe levantarse y lavarse la cara ante las innumerables toneladas de basura que le arroja la televisión chatarra, la prensa cipaya, la radio obscena, la música ensordecedora, la propaganda letal. Los medios son los artífices ciegos y eficaces de un mundo en que un lenguaje sordo y pertrechado de frases hechas y mentiras nos quiere obligar a ser esclavos del trabajo a destajo, autómatas de la información planificada y consumidores incondicionales de bienes superfluos”.

-Tengo muchos libros de Ivonne, a quien además he frecuentado últimamente no sólo en ciertos actos académicos, sino también en ciertas mesas con otros amigos y amigas y tengo muchos de sus libros, desde “La palabra amenazada” y el que citas de “El país que nos habla”, así como “Etimología de las pasiones”; “Noticias de lo indecible” y “A la escucha del cuerpo”. Discípula de Chomsky, doctorada en el ultra-nombrado Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) es quien alza la voz en estos desiertos con mayor claridad y autoridad científica. En “La palabra amenazada” se animó a decir que la poesía argentina actual se había desplazado hacia lo más sordo de la lengua, lo cual implica a la vez autoridad y coraje. La admiro mucho por cierto y suscribo ese análisis suyo, propio además de una lucidez que yo carezco.

Este artículo fue publicado en la edición del 11 de septiembre de 2023 en la Revista ANÁLISIS.