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El glifosato, el herbicida que mata todo lo que encuentra a su paso

Por Nahuel Maciel

Ocurre con la carrera armamentista, pasa con la producción de energía, ocurre otro tanto con muchos aspectos de la medicina y tampoco son ajenos los sistemas vinculados con la producción de alimentos, especialmente los relacionados con la agricultura.

En esta materia, los intereses en pugna tienen directa correspondencia entre quienes buscan la alta rentabilidad en el menor tiempo posible y los que defienden el medioambiente y con ello la salud. Los intereses en juego en algunos países hasta han erosionado no sólo el suelo sino incluso gobiernos.

En este marco, lo primero que conviene saber es que el glifosato (N-fosfonometilglicina, C3H8NO5P, CAS 1071-83-6) es un herbicida no selectivo de amplio espectro, que fue desarrollado en primera instancia para combatir hierbas y arbustos, en especial los perennes. Pero se trata de un herbicida total, que es absorbido por las hojas y no por las raíces (1).

Este producto es el principio activo del herbicida Roundup (nombre comercial de Monsanto, aunque su patente expiró en 2000). Esta empresa genera una soja resistente al glifosato, que también las vende dado que uno sin el otro no tendría mayor sentido comercial.

El doctor Andrés Eduardo Carrasco es director del Laboratorio de Embriología Molecular del Conicet y de la Facultad de Medicina de Buenos Aires, además de ser uno de los investigadores de mayor renombre en la materia en América Latina.

El viernes ofreció una disertación en el Salón del Honorable Concejo Deliberante de Gualeguaychú y previo a ello mantuvo este dialogo, gracias a la gentileza de Fundavida que fue quien lo invitó.

Carrasco es muy elocuente y categórico: “el glifosato provoca abortos espontáneos, nacimientos con malformaciones genética y cáncer”.

Su afirmación se sustenta en un trabajo realizado en embriones de anfibios y pollos, para cuya investigación utilizó dosis hasta 1.500 veces inferiores a las usadas por productores de soja para fumigar sus plantaciones.

Si glifosato produce gravísimas consecuencias en los ecosistemas y en la población humana, estos riesgos se potencian con el endosulfam, otro herbicida que se utiliza para potenciar el uso de ambos agroquímicos. Esto a pesar de que la propia empresa (Monsanto) lo retiró del mercado para evitar juicios y no obstante se sigue utilizando en los sistemas de producción agropecuaria por falta de controles gubernamentales.

La Asociación de Abogados Ambientalistas pidió el año pasado a la Corte Suprema de Justicia de la Nación que “como medida cautelar innovadora, se ordene la suspensión de la comercialización, venta y aplicación del glifosato y del endosulfam en todo el país para cualquier tipo de sembrado” (2). Este pedido se sustentó también en el principio precautorio que está en la Constitución nacional, en las provinciales y en diversos tratados internacionales que son de aplicación obligatoria para los Estados. Sin embargo, hasta el momento, debido a grandes presiones de los grupos económicos, la Justicia no se atreve a aplicar.

Esta presentación judicial se sustentó en gran parte en las investigaciones que realizó Carrasco, que de inmediato se convirtió en el enemigo público número uno de la empresa Monsanto. El olor del dinero muchas veces se parece al de la muerte.

Agrotóxicos

Monsanto, que además de ser una empresa líder en su rubro es una de las firmas más expertas en simular publicidad, atacó de inmediato a Carrasco. Pero como el propio investigador sostiene: “Saben que no pueden tapar el sol con la mano. Es cosa de locos pensar que no pasa nada. Hay pruebas científicas y, sobre todo, hay centenares de pueblos que son la prueba viva de la emergencia sanitaria”.

Carrasco no está solo. En cada provincia, en muchas localidades como Gualeguaychú, cada vez son más las voces y las organizaciones ambientales y vecinales que salen a denunciar el uso del glifosato por las consecuencias negativas que se experimentan en el ambiente y principalmente en el daño a la salud.

Un ejemplo de ello a nivel local es Fundavida que preside Edgardo Moreyra, pero también la Asamblea Ciudadana Ambiental que en más de una oportunidad ha manifestado esta preocupación. A nivel nacional es elocuente lo que sostiene el Grupo de Reflexión Rural que lidera propuestas en red y espacios de gestión como la “Campaña paren de Fumigar” o el “Foro de Resistencia a los Agronegocios” (3).

El 27 y 28 de abril de 2007 se realizó en Gualeguaychú una Jornada sobre los impactos de los modelos del monocultivo, donde se sembró una alerta ambiental y sanitaria, que todavía los organismos del Estado no han sabido dar respuesta.

En esa jornada –que constituyó el primer congreso nacional sobre “Diversidad productiva y soberanía alimentaria”- se abordó los problemas de la sobre explotación del suelo, especialmente la vinculada con la soja y que para males se vende en su gran mayoría para forraje, pero también se explicó las nefastas consecuencias del monocultivo del eucalipto que se destina para materia prima en la fabricación de pasta de celulosa.

Tanto la soja como el eucalipto responden al mandado de los mercados mundiales, quienes asignaron a esta región un rango prioritario para su expansión sin importar ni medir las graves consecuencias que generan estos sistemas productivos en el medioambiente y en la salud.

“No nos seduce la cascada de anuncios nacionales e internacionales que promueven la expansión de la frontera agropecuaria y la producción de agrocombustibles, y que agravarán de ese modo hasta lo indecible, la situación de emergencia ambiental existente, y la apropiación de los bienes que nos son comunes: el aire, el agua y la tierra”, se sostuvo en un documento firmado por medio centenar de organizaciones civiles y científicas (4).

De manera más reciente, el 22 de diciembre del año pasado, un grupo de investigadores de la Universidad Nacional del Litoral encontró sustancias tóxicas en granos maduros y verdes de soja, así como en el suelo usado para la siembra, lo que causa la contaminación de las capas freáticas.

En ese trabajo se demostró que Entre Ríos no es ajeno a esta situación y se denunció en base a un trabajo realizado en 2001, que existían restos de glifosato y endosulfán en soja verde. También se subrayó que el problema es aún más grave, porque los productos alimenticios que se obtienen de estos granos, aunque se presenten como “alimento ideal” quedaron cuestionados desde el ámbito científico por su alto grado de exposición a los plaguicidas. ¿Qué parte de la palabra agrotóxico no se entiende que es veneno? Otra vez el olor de la ganancia fácil es similar a la muerte: el endosulfán es un insecticida clorado y prohibido en muchos países, pero que en Argentina se lo utiliza para combatir la chinche verde de la soja.

Mondiablo

Monsanto es una empresa que provee productos para la agricultura y es considerada una de las líderes a nivel mundial. Produce el herbicida bajo la marca Roundup, pero también es productor de semillas genéticamente modificadas lo que constituye –como bien señala Carrasco- “un paquete tecnológico vinculado con los agroalimentos. Los herbicidas no se justifican sin esa semilla específica y viceversa”.

Un rápido repaso por internet permite saber que Monsanto (o Mondiablo) fue fundada en Misuri, Estados Unidos, en 1901. Su fundador fue John Francis Queeny, un químico veterano de la industria farmacéutica y que bautizó a la compañía con el nombre de soltera de su esposa Olga Méndez Monsanto.

Monsanto se dedica en la actualidad principalmente a la producción de herbicidas y de semillas genéticamente modificadas (alimentos transgénicos).

En la década de 1920, la Monsanto expandió sus negocios para la química industrial, como por ejemplo ácido sulfúrico. En la década de 1940 fabricaba plásticos, incluyendo poliestireno y fibras sintéticas.

Curiosamente, en Europa los alimentos transgénicos, principal actividad de Monsanto, tienen una enorme resistencia entre la población y los agricultores, que no consideran probada su seguridad para la salud humana. Por eso los alimentos transgénicos son prácticamente inexistente en la Unión Europea, salvo algo en España y un poco más en Rumania.

No es casual que Monsanto sea una de las empresas que más controversia a nivel mundial ha creado, justamente por el peligro de sus productos para la salud humana, animal, vegetal y especialmente la destrucción de la biodiversidad.

En 1935 Monsanto absorbió a la empresa que comercializaba Policloruro de bifenilo (PCB) desde 1927. En su época, el PCB fue un producto útil que tenía gran estabilidad térmica biológica y química. Por sus características anti-inflamables, la mayoría de los aceites dieléctricos con PCB’s se usaron fundamentalmente en áreas con alto riesgo de incendio, tales como plantas industriales, en transporte colectivo de tracción eléctrica (tranvías) y en la industria petroquímica. Sin embargo, tras los avances de la ciencia, se prohibió el uso de PCB en 1970, tras descubrir que se trataba de un agente contaminante para el medioambiente (según el programa de las Naciones Unidas, es uno de los doce contaminantes más nocivos fabricados por el ser humano). Su uso en agricultura e industria junto con su gran capacidad de permanecer en el medio (incluso durante siglos) hizo que este agente llegara a la hidrosfera, donde se acumuló en sedimentos fluviales y marinos.

Monsanto sabía y escondió la verdad de los PCB. Por esconder esa información (5), hasta en la actualidad muchos pagan con sus vidas el estar expuestos a este aceite, incluso en Gualeguaychú.

En la década de los 60, Monsanto fueron contratada –junto con otras firmas- por el gobierno de Estados Unidos para producir un herbicida llamado “Agente naranja” y que fue utilizado en la guerra de Vietnam con el fin de destruir la selva y las cosechas y de esa forma privar de alimento a ese pueblo.

El agente naranja fue un potente químico que causó entre la población vietnamita casi 500 mil nacimientos de niños con malformaciones, además de una cifra similar de muertos en la población adulta.

En 2007 Monsanto fue multado por anunciar que su herbicida Roundup era biodegradable y no tóxico para los animales domésticos y los niños, y la Unión Europea ha clasificado al herbicida de Monsanto como no biodegradable (6).

El trabajo del doctor Carrasco demostró que el glifosato causa malformaciones en el desarrollo de embriones anfibios. “Las deformaciones observadas son consistentes y sistemáticas”, sostiene este investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).

Carrasco demostró la disminución del tamaño de las cabezas de los embriones, pero también las alteraciones genéticas en el sistema nervioso central, y el incremento de muerte de células que intervienen en la formación del cráneo y cartílagos deformados. “Es evidente que el glifosato no es inocuo, no se degrada ni se descompone, sino que se acumula en las células”, sostiene.

Este investigador asegura que en el país se utilizan cerca de 200 millones de litros de glifosato por año, más 70 millones de litros de otros componentes químicos que mezclados hacen un cóctel letal y es utilizado por la agricultura a gran escala. La soja ocupa alrededor del 70 por ciento de la superficie agrícola, casi 20 millones de hectáreas, y es el principal producto de exportación. El herbicida se aplica principalmente mediante fumigación aérea.

El herbicida de Monsanto fue evaluado en 1996 por las autoridades argentinas y lo calificaron como de “improbable riesgo agudo”. Otra vez el olor del dinero se parece al de la muerte.

Referencias

1) http://www.biodiversidadla.org.

2) Página/12, 16 de abril de 2009.

3) http://www.grr.org.ar/.

4) Ib.

5) http://www.combat-monsanto.es/spip.php?article236.

6) http://www.combat-monsanto.es/spip.php?article368.

(*) Publicado el 2 de octubre de 2010 en el diario El Argentino. https://www.diarioelargentino.com.ar/informacion-general/el-glifosato-el-herbicida-que-mata-todo-lo-que-encuentra-a-su-paso