“La acuarela es como la vida: no hay un ensayo, se debe vivir el momento”
María Cristina Terragni nació en Rafaela, provincia de Santa Fe, donde creció hasta que se fue a Rosario a estudiar Psicología. A mediados de la década del ´60 se radica en Gualeguaychú.
Por Nahuel Maciel
María Cristina Terragni es una destacada psicóloga (realizó estudios con Annette Goldberg en el Richmond Art Center de California, Estados Unidos). Pero, también es reconocida por su sensibilidad y su diálogo con el arte, especialmente a través de la libertad que expresa con las acuarelas.
En el siguiente diálogo, María Cristina Terragni, reconoce el rol esencial que tuvo su hogar para lograr esta predisposición por el arte y el mundo sensible.
-¿Cuándo se instala en Gualeguaychú?
-Llegué a mediados de los años ´60, cuando todavía no estaban construidos los enlaces viales, ni los puentes, ni siquiera estaba el túnel subfluvial. La provincia estaba mucho más aislada y era complicado tanto entrar como salir de Entre Ríos.
-¿Y al arte?
-Llego al arte por formación hogareña. Por eso creo que es importante la formación que se les da a los niños desde el hogar. Recuerdo que la casa de mis padres en Rafaela era abierta, permanentemente con visitas de artistas.
-A qué se dedicaban sus padres…
-Mi padre, Antonio Ángel Terragni, era escultor, periodista y profesor. Y mi mamá, Adela Dominga Bianchi, era directora de una escuela. Ellos siempre estuvieron ligados con el arte. Entre los dos fundaron el Museo Histórico de Rafaela y más tarde fundaron el Museo de Bellas Artes de Rafaela. Por eso estaban de manera cotidiana y permanente en contacto con artistas.
-¿Se acuerda de alguna visita que la haya impactado?
-Son muchas. Pero una que recuerdo con mucha calidez fue cuando mi padre trae a Rafaela a Quinquela Martín y él viene a cenar a mi casa. Todos quedamos deslumbrados por la personalidad de Quinquela. Más tarde en La Boca mi padre fue condecorado con la Orden del Tornillo que alentaba Quinquela Martín. Y otro recuerdo que tengo muy presente es la visita de José Pedroni, un poeta oriundo de Esperanza (Santa Fe). Así que era algo constante en mi casa que haya reuniones y cenas con estas personalidades.
-Se quedó en silencio…
-Me estaba acordando que en mi casa se creó una organización que se denominó Nulisen, dedicada al arte y a hacer actividades literarias. Por eso en mi casa de manera permanente se hablaba de literatura, de pintura, de escultura, de la necesidad de compartir el arte y la educación en general. Y hay que imaginar esa vocación de mis padres: docentes, periodista, escultor. Además, ellos nos hacían a mi hermano y a mí participar mucho de esas actividades, de modo que el encuentro con el arte me resultó muy natural. Tanto mi hermano como yo coincidimos en valorar el legado de nuestros padres, especialmente la posibilidad de admirar, de sorprenderse con el arte y apreciar la maravilla de la creatividad.
-¿Y la formación más técnica cómo la adquirió?
-En Rafaela concurría a la Escuela de Arte de Olga Cossettini, que era una profesora muy apasionada. Y eso me marcó también, porque creo que una persona, independientemente de la actividad que realice, la debe hacer con pasión. Ese era mi mundo: la pasión de mis padres, muy apasionada la gente que me rodeaba y el gozar del diálogo de las artes porque las charlas eran sobre literatura, pintura, música. Fue un mundo muy especial. Una vez una sala de mi casa se tuvo que desocupar entera porque mi padre había adquirido una escultura, que era un mármol italiano que pesaba casi una tonelada. Y con eso quiero significar que casi todo estaba en función del arte.

-Siempre fue permanente su relación con la pintura…
-No, porque la vida cotidiana, la profesión y otras cuestiones me mantuvieron bastante alejada. Me reencuentro con la pintura en un viaje que realizo a Estados Unidos a principio de los años ´90.
-Casi treinta años pasó hasta ese reencuentro.
-Así es. Porque mi profesión me demandaba un gran tiempo. En Estados Unidos comienzo a tomar clases y me apasionó la acuarela por sus posibilidades expresivas y de libertad que ofrece.
-¿La acuarela permite borrar?
-Diría que no, porque lo que se pone es lo que queda. Pero ahí radica su desafío o su encanto. Es maravilloso observar cómo los colores se mezclan y comienzan a tener otras dimensiones. Tuve la suerte de tomar clases con acuarelistas muy destacados que estaban en la zona de California. Ese lugar ofrece mucha variedad de paisajes y de luminosidad: el sol, las nieblas, las montañas, el mar.
-Y desde entonces no abandonó más esa relación con la creatividad artística.
-Así es. No dejé nunca más. Actualmente en mi mesa de luz está el cuaderno donde hago bocetos y cuando viajo siempre lo hago con mi libreta. Y porto una pequeña acuarela para ir jugando con los colores.
-¿Cómo nace el proceso de ponerle un nombre a los cuadros?
-Generalmente parto desde dos lugares. Uno es desde la idea. Tengo un cuadro al que llamé “Entre Ríos”. Es un paisaje que tomé de un arroyo que me inspiró la representación de esta provincia. Ese cuadro comenzó con un nombre. Pero a su vez como la acuarela permite mucha libertad, últimamente no parto de ideas ni de nombres. Y es un proceso más al azar, donde todo se va descubriendo a medida que se va haciendo.
-Podría dar un ejemplo…
-A uno de mis cuadros lo inicié poniendo el papel debajo de la canilla y los colores se fueron mezclando. Eso me entusiasmó y le sumé otros colores. Y si bien no sabía muy bien o de manera precisa qué estaba pasando, sentí que estaba disfrutando. Y cuando terminó todo ese proceso, me di cuenta que tenía la consistencia del agua, porque quedó la transparencia, la fluidez y la libertad del agua.
-En la escritura el punto final llega luego de un proceso de limpieza del propio texto, cuando se saca lo que está de más, cuando se elimina lo superfluo. ¿Cómo es el punto final en el caso de la pintura?
-En todo cuadro existe el desprendimiento. Y es muy difícil en la acuarela. A diferencia del óleo, donde se puede seguir agregando elementos, en la acuarela todo debe ser más rápido.
-¿Por qué en la acuarela no se puede seguir?
-Básicamente porque existen dos barreras. Una barrera son los colores, porque si se vuelve a poner o se satura, salen como sucios. Y la otra barrera es el papel, que es muy especial y no permite que se trabaje demasiado sobre él. Por eso la acuarela tiene ese gran atractivo que invita a jugarse. Es un desafío, que incluso no se lo puede pensar demasiado. Diría que más que la cabeza, en la acuarela hay que guiarse por las emociones. El papel, la luz, la humedad obligan a la urgencia de definir lo que se está haciendo. Y cuando la acuarela le devuelve una imagen, de la que uno está inmerso sea un paisaje o la emoción de los colores, es momento de dejar, de ponerle punto final. En la acuarela no se puede repasar, no se puede volver. Por eso para mí la acuarela es como la vida: no hay un ensayo, se debe vivir el momento.
-¿Por qué es importante crecer con el arte? En todo caso se lo preguntamos más a la psicóloga que a la artista.
-Hay que tomar conciencia que el arte es parte de la salud. Y la creatividad está vinculada con el equilibrio emocional, tiene que ver con este poder soltar lo que uno tiene ya sea por sus vivencias, por sus fantasmas, por sus alegrías. Compartir un hecho creativo, que puede ser desde una comida hasta una pintura, es permitir que fluya esta corriente de salud, de armonía, de una energía que es muy positiva. Eso hace mucho bien a la salud. Por eso aconsejo, desde el punto de vista de la psicología, que los hijos tengan siempre la posibilidad de participar en el arte.
-¿Y cómo tiene que ser esa participación?
-Aquí viene un aspecto que es clave. Nunca debe tener la exigencia de que se tiene que lograr “la” obra maestra. Lo saludable es disfrutar el proceso y no tanto el resultado. Lo importante es aprender a disfrutar. Por eso sostengo que todos pueden hacer arte, que no se trata de un don que alguien tiene de manera especial. Debemos desprendernos de ese concepto que indica que todo lo que hacemos debe estar signado por la exigencia de la perfección. Por eso la acuarela invita a ser libres y es la posibilidad que da una técnica que es muy dinámica. En la acuarela los colores se mueven.
-Se volvió a quedar pensativa…
-Me estaba acordando que hace poco estuve en una población de Estados Unidos. Allí, las instituciones públicas como los camiones de los Bomberos y la Policía, entre otros, le pidieron a las escuelas que pintaran grandes paneles que fueron colocados a los camiones de los Bomberos, a los patrulleros de la Policía. Y luego pasaban por la calle esos vehículos pintados con flores, con colores e invitaban a sonreír. Y fueron esas instituciones las que le pidieron a la comunidad ese gesto de creatividad. Por eso el arte no es algo ajeno, sino que está dentro de nosotros mismos y lo que hace falta es descubrirlo.
-Es cierto. Pero alguien puede pensar que vive en una época donde no tiene tiempo ni siquiera para el arte…
-Es una mera excusa, por más vértigo que se tenga de la vida cotidiana. Cuando uno descubre el placer de dejarse llevar por los colores, por la música, por las formas, por los inventos o por solo colocar un adorno, se dará cuenta que los tiempos existen. En todo caso, el tiempo siempre es el mismo, nosotros lo complicamos. Mi padre decía que había que vivir con pasión y que si uno pone pasión en lo que hace, eso se transforma en una energía que nos ayuda a vivir. Hay que hacer las cosas dándose. Es cierto que muchos viven atados a ciertos miedos: el miedo al qué dirán, el miedo al ridículo, el miedo al fracaso, el miedo incluso a descubrirse uno mismo, la baja autoestima que dice “yo no sé”, “yo no puedo”. Vivimos rodeados de esas situaciones que son como bretes. Si digo “no puedo” difícilmente pueda; pero si me planteo “por qué no”, seguramente saldré de esa situación que sujeta y que no permite liberarse. Y no hay que olvidarse que es natural que en la vida todo implique un riesgo. Y el peor de los riesgos es no correr ninguno. Y es ahí que uno corre peligro de enfermarse, de no compartir. El arte es todo lo contrario. El arte es comunicación, es compartir. El arte es comunitario.
Este artículo se publicó el 16 de agosto de 2013 en el diario El Argentino.



