Roberto Molinari: “Existe mucha historia y cultura en la naturaleza y naturaleza en la cultura”
Por Nahuel Maciel
Roberto Molinari nació el 27 de septiembre de 1952 en Buenos Aires, pero vivió desde los cinco años en la Patagonia. Más precisamente en Río Gallegos, Santa Cruz.
Es arqueólogo y trabaja en la Administración de Parques Nacionales desde hace casi tres décadas, vinculando la relación íntima que existe entre naturaleza y cultura. De hecho, es el responsable del Programa de Recursos Culturales en la administración de Parques Nacionales.
En el diálogo da cuenta de una investigación que ya ha dado otros horizontes a la historia entrerriana: la importancia de la calera de Barquín y las influencias jesuitas en la región.
Transitar por un área protegida y leer un cartel que dice: “El paisaje, testigo de la acción humana” hoy es algo natural, común. Sin embargo, el concepto entrañó un arduo debate –en muchos ámbitos todavía se sigue debatiendo-, hasta dónde la naturaleza y la cultura se abrazan para lograr una síntesis de su diversidad o si es mejor alejar al hombre de su paisaje. Sin ubicarse del lado de la respuesta única o fundamentalista, Molinari sostiene que “existe mucha historia y cultura en la naturaleza y naturaleza en la cultura” y en ese concepto genera cambios sustanciales convocando al diálogo de las ciencias.
– ¿Cómo llega a la arqueología?
-En algún momento de la vida todos nos planteamos como algo central qué vamos a hacer para servir. En esto hay una gran influencia de mi padre, que era autodidacta. Él era una persona nacida en el siglo XIX que había hecho hasta tercer grado, y tenía una gran sabiduría. Casi toda su vida había trabajado en la Secretaría de Agricultura de la Nación. Por eso se trasladó al sur. Fue en la década del ’50 cuando comienza todo el proceso para provincializar los llamados territorios nacionales. Eran territorios nacionales los que hoy conocemos como Tierra del Fuego, Santa Cruz, Chubut, Neuquén, Formosa, Chaco. Y mi padre se dedicaba a las cuestiones de la tierra que darían luego el ordenamiento territorial. Su influencia me llega a través del diálogo y los relatos que nos hacía de su experiencia, donde el acento estaba puesto en la comprensión de la diversidad, en poder interactuar con el otro que hasta ese entonces era desconocido.
-Puede profundizar…
-De chico, en mi familia había un nutriente muy importante para que nosotros podamos formarnos una idea aproximada de cómo era el mundo y principalmente para darnos una idea del sentido de la vida. Y esa nutriente eran los relatos de mi padre. Él había trabajado en Formosa, en Misiones, en Chaco, en Río Negro, en Santa Cruz. Y su relato, sus fotos con los indígenas y lugares muy distintos de donde vivíamos, nos fascinaba. De hecho, lo que más me llama la atención siendo chico era la diversidad, el darme cuenta que hay personas distintas. Y lo que más me gustaba de sus relatos, eran conocer personas diferentes, porque él había vivido con los Tobas, los Wichí, los Tehuelches, los Mapuches. Todo eso despertó en mí un mundo al que siempre sentí necesidad de conocer, que no me fuera ajeno.
-Se recibe de arqueólogo e ingresa a Parques Nacionales.
-No. Me recibo en los años ’80 y la mayoría de los arqueólogos no tenían trabajo. Incluso nuestros profesores de la universidad nos decían: les enseño esto por si alguna vez trabajan de arqueólogo, lo que siempre me molestó, porque era como si a un médico le enseñan algo por si alguna vez ejerciera la medicina. Vuelvo a la pregunta. Me recibo y trabajo en Santa Cruz en la Secretaría de Agricultura y en mis tiempos libres me sumo ad honorem en una investigación que se desarrolla en el Parque Nacional Perito Moreno. En esos tiempos surgen nuevos debates: había algunos que hablaban de parques naturales, otros de naturaleza prístina, concebían a los paisajes sin el hombre y al hombre sin el paisaje. A través de nuestras investigaciones demostramos que se trata de lugares donde el hombre vivió, por ejemplo, hace doce mil años e incluso en una cantidad de población superior a la actual. Entonces no se podía sostener el concepto de que estábamos frente a una naturaleza prístina. Y así empezamos a ver cómo el hombre había incidido en el ambiente y cómo la naturaleza también había moldeado al hombre. Esto nos ayuda a comprender el sentido de asociatividad mutua que existe entre naturaleza y cultura y que en ese entonces el mundo las percibía como temáticas separadas. Y así nace en mí la necesidad de no ver las cosas como dispersas sino vinculadas, que somos parte de un todo y no un fin en sí mismo. Así se plantea que sería oportuno insertar en un organismo como Parques Nacionales, que se encarga de administrar áreas protegidas, la dimensión cultural y social de los pueblos. Y fue un gran paso: dado que se pasaba de un ecosistema natural a los ecosistemas socio culturales. A finales de los ´80, Parques Nacionales deja de estar solamente vinculado con la naturaleza desde el control y la vigilancia y se abre al paradigma de estudiar y analizar los entornos. La tarea es inmensa y permanente. Aún en la actualidad es más lo que ignoramos de los ecosistemas que lo que sabemos de ellos.
-Imaginamos que en los primeros años un arqueólogo en Parques Nacionales habrá sido algo extraño…
-Fueron años difíciles, porque muchos decían qué tenía que hacer un arqueólogo en Parques Nacionales, si eso estaba vinculado con la cultura y no con la naturaleza. Y había que explicar todo desde el principio: que hay mucha historia y cultura en la naturaleza y mucha naturaleza en la cultura. Mis primeros trabajos fueron casi como ganarse el derecho de piso. Pero al demostrar quiénes habían vivido en un Parque Nacional, qué sistema cultural tenían, qué modificaciones y adaptaciones habían ejercido en ese ambiente y que además explican cómo vemos a la naturaleza en la actualidad. Esta perspectiva comenzó a tener cada vez más importancia dentro de Parques Nacionales.


– ¿Qué está haciendo en el Parque Nacional El Palmar?
-El hombre hace mucho que estuvo en este lugar. Desde las poblaciones indígenas hasta las corrientes colonizadoras. El colono ingresa con otra visión del mundo. Hay crónicas de este lugar donde ya en 1700 se hablaba de cientos de miles de cabezas de ganado vacuno cimarrón que habían sido introducidos a su vez por Juan de Garay. Fíjese que ya no estamos hablando de naturaleza prístina, ya había modificaciones profundas. Y cómo, sin haber controlado las exóticas en nombre de la conservación, hoy las exóticas son el principal problema que tiene este Parque Nacional. Específicamente, estamos estudiando el manejo del conjunto histórico “Calera del Palmar”, que data de finales del siglo XVIII. Esa fábrica de cal era de Manuel Antonio Barquín, que fue el encomendado del Virrey Ceballos y se instala aquí. En vez de administrar justicia se dedica a una actividad privada como es la fábrica de cal. Además, este territorio fue cien años antes de Barquín, parte de la estancia Yapeyú que era de los jesuitas.
-Hay vestigios jesuitas en El Palmar…
-Se lo está estudiando. Lo que sí se puede afirmar es que hay un estilo jesuítico inconfundible. Hay construcciones en piedras que, para esa época, los expertos constructores eran los jesuitas. Y así haya sido una obra de Barquín, que es muy difícil, tuvo que haber empleado los conocimientos de los jesuitas porque tiene el estilo inconfundible de esa Orden Religiosa. A la par de esto, se está desarrollando una investigación de arqueología histórica, con científicos de Buenos Aires, que están aportando mucho a estos temas.
-Ese saber se va de la provincia o queda en la zona…
-No, queda en la zona. Es más, toda esta investigación ya ha dado vuelta la historia de Entre Ríos y le ha hecho un aporte sustancial. Si alguien toma el libro de Pérez Colman, encontrará que de los jesuitas y Barquín está escrito apenas un párrafo; mientras que ésta sola investigación que se está realizando ya lleva cientos de páginas. El aporte ha sido enorme e incluso hay proyectos que nacieron a partir de esta investigación como el Corredor jesuítico guaraní del río Uruguay. Seguramente, con estos estudios se replanteará el origen fundacional de la región. Y en una valoración más específica, estas construcciones de piedras formando un sistema de producción como calera es única en Entre Ríos. Por su origen jesuita en este Oriente entrerriano, es uno de los establecimientos más antiguos y constituye un testimonio histórico para Entre Ríos que tiene una magnitud muy importante. Y aquí se pone en valor la importancia de este lugar tanto para su conservación como para su difusión.
-El río es un puente o un obstáculo para estas perspectivas…
-Hay necesidad de ampliar el territorio a través de una figura como un parque binacional. Las fronteras ambientales e incluso culturales no son las mismas que los límites estrechos que dos Estados pueden establecer administrativamente. El río es vinculante y alguna vez habrá que ampliar sus fronteras para cuidar mejor el territorio y su cultura.
Este artículo se publicó originalmente el 18 de enero de 2013 en el diario El Argentino.



