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La cultura de la tierra significa no solamente producir alimentos, sino respetar la vida

Diálogo con Jairo Respeto, experto en agricultura orgánica

Por Nahuel Maciel

Jairo Restrepo es algo más que ingeniero agrónomo: es un ser en la tierra. Nació en Colombia, pero se naturalizó en Brasil. Egresado de la Universidad Federal de Pelotas, Rio Grande del Sur; es un referente de América Latina en los saberes vinculados con la producción y la experiencia de la agricultura orgánica.

Jairo Restrepo llegó a Gualeguaychú el lunes 30 de septiembre de 2019 para dictar un taller en la Estancia San Luis, donde –una vez más- habló sobre la importancia de producir alimentos de forma sustentable, porque con el modelo actual “vamos hacia la sexta extinción” por cómo el sistema abusa de los recursos naturales.

El jueves 3 de octubre de 2019 recibió al autor de este articulo en un parador de la Ruta Nacional N° 14, a pocos minutos de continuar su viaje. En el espíritu de sus palabras hay casi un desesperado aviso para recuperar el sentido humano al momento de producir. Y si bien se encolumnó en la llamada agricultura orgánica, advirtió que hay que tener cuidado con las nuevas directivas mundiales que intentan que ese saber sea aprovechado solamente para el consumo de las élites.

También aclaró que la Amazonia o cualquier foresta no debe ser confundido con un pulmón. Y lo explicó sencillo: un pulmón consume oxígeno, no lo produce. En cambio, una foresta debe ser valorada y cuidada por ser un amortiguador climático.

“La industria programa destruir a la persona lentamente, porque su mayor negocio está en el sufrimiento. Hoy, a través de la agricultura industrial se programa las enfermedades que las personas van a contraer, por ejemplo, dentro de diez años. Hoy se hacen moléculas químicas, aparentemente para una agricultura, pero previamente ya están programadas las secuelas que ese veneno provocará. Y, ese modelo también es dueña de la industria farmacéutica. Por eso, este sistema es macabro: porque tiene al sufrimiento como modelo de lucro”, dirá con claridad.

-Tenemos una gran contradicción que compartir con usted. Cuando pensamos en la agricultura, pensamos en la vida. Sin embargo, cuando observamos la agricultura que se está desarrollando, percibimos que hay mucha destrucción de vida. ¿En qué está equivocada esta mirada?

-La mirada no está equivocada. Lo que están observando es la realidad. La agricultura que está hoy, no es una agricultura sana. Es una agricultura totalmente equivocada. Y la mirada no se equivoca. Lo que ha hecho es volver a la mirada original. La mirada original es sincera, es sensible. Esa mirada viene del interior. Lamentablemente, lo que hoy hay es una destrucción. Y por eso, este modelo de agricultura es de destrucción de la propia vida. Ya no hace falta ver todo el impacto negativo que provoca esa clase de agricultura, porque hoy se siente ese impacto nocivo para la vida. Y cuando se siente la destrucción, se está frente a una situación muy violenta. Lo que más me preocupa de ese modelo de agricultura que destruye, es que destruye la interioridad del ser.

-¿Cómo destruye la actual agricultura a la interioridad del ser?

-Lo destruye porque le niega lo más básico: la interioridad de cada persona. Una persona sin interioridad no es nadie. Nosotros somos hijos de la interioridad. Nuestra interioridad nos permite ser diferentes e implica una transformación enorme. Es la única interioridad intestinal que ha conseguido transformarse en una capacidad de pensar. Y esa capacidad de pensar la tenemos nosotros como especie. Y con el modelo de agricultura hegemónico actual hemos perdido. Hoy, la agricultura industrial sistemáticamente, es decir, de manera consciente, destruye. Y destruye la interioridad del ser porque saben que ahí radica el poder. A partir del alimento las personas se debilitan. La comida que genera el modelo agroindustrial está no sólo para destruir desde afuera, sino principalmente desde adentro.

-¿Y por qué destruye desde adentro?

-Porque hoy se simplifica lo que uno come. Y al simplificar lo que no come, se erosiona la calidad de lo que uno come. Y esa es la raíz para afectar, desequilibrar y eliminar la capacidad de pensar. Hoy se erosiona la calidad de pensar por la calidad de lo que se come. Si nuestro alimento no tiene energía vital, el cerebro y el pensamiento no será vital. Entonces, hoy la agroindustria está para debilitar la humanidad a partir de lo que es capaz de sostener los intestinos.

-Sin embargo, los pueblos avanzan a través del diálogo con su propio saber, pero fundamentalmente con la apropiación del saber de los otros. La imagen que mejor lo representa en el tópico que estamos abordando es una olla de comida: un guiso donde se integra el arroz que llegó a estas tierras desde Oriente y se abraza en un mismo sabor con la papa y el tomate de América. Claro que en el medio pueden existir despojos: hoy nos enseñan que el chocolate es una vieja receta Suiza, pero el cacao es la bebida de Moctezuma; que la polenta es de Italia, pero el maíz es de América; que el mejor tabaco no es el turco; sino el caribeño. Y concluyo: al alimentar al ser con la agroindustria, nos comen la cultura.

-Agricultura, su nombre lo dice: la cultura del ser en la tierra. La cultura de la tierra significa no solamente producir alimentos, sino respetar la vida. Esa cultura deviene en democracia, en pueblo, en sociedad. Cultura es respeto a la diferencia. En la agroindustria no hay diferencias, todo es homogéneo. Y todo lo que es homogéneo arriba de la tierra, se transfiere a la homogeneidad pensamiento. Así como han colonizado el pensamiento, también lo pretenden homogeneizar, un pensamiento monocultivo que le rinda culto a lo exótico. Hoy, la agricultura manifiesta la necesidad de volver a recuperar lo básico: la comunicación, lo sociable. Cualquier modelo de agricultura que se plantee, tiene que tener relaciones sociales; caso contrario, el ser humano tampoco se transformará. Solamente lo diferente, lo que es colectivo, es decir, la comunión, es posible.

-¿Y esa es la propuesta de la agricultura orgánica?

-Así es. La agricultura orgánica es una propuesta de comunión, de volver a recuperar las raíces. La propuesta de la agricultura orgánica no es la de cambiar el modelo en la forma de producir, es cambiar el enfoque del ser. No soy pesimista, sino realista; pero a este ritmo inexorablemente vamos hacia la sexta extinción. En la vida del planeta han sucedido cinco extinciones y en ellas no han considerado a nuestra especie por la sencilla razón de que no existíamos. Entonces, en la sexta que estamos provocando nos toca a nosotros. Y para males, además de avanzar hacia la sexta extinción, vamos eliminando los mecanismos de amortiguación por la voracidad de unos pocos individuos. Son los que sostienen el modelo de capital totalmente financiero, administrado por el Banco Mundial, donde unos pocos deciden e inciden sobre la vida de millones y millones de personas en el planeta. Este modelo de agricultura industrial no es posible cambiarlo, si antes no somos capaces de cambiar las maneras de ese comportamiento que ejercen unos pocos.

-Otra curiosidad que observábamos es que este modelo de agroindustria nos alimenta, pero para enfermarnos y luego comerciar con el remedio. Alimento-enfermedad, un matrimonio letal que se pronuncia con la fórmula de los agrotóxicos. Por algo nuestras abuelas enseñaban: aliméntate bien y vivirás bien.

-El modelo de esos abuelos era sano y bondadoso. Hoy, el modelo de la agroindustria es maquiavélico. Es macabro: la industria programa destruir a la persona lentamente, porque su mayor negocio está en el sufrimiento. Hoy, a través de la agricultura industrial se programa las enfermedades que las personas van a contraer, por ejemplo, dentro de diez años. Hoy se hacen moléculas químicas, aparentemente para una agricultura, pero previamente ya están programadas las secuelas que ese veneno provocará. Y, ese modelo también es dueña de la industria farmacéutica, de la farmacia para decirlo en términos más llanos. Por eso este sistema es macabro; porque tiene al sufrimiento como modelo de lucro. La prolongación del sufrimiento está programada. La industria lo sabe y lo que es peor, los profesionales que deberían alertar a la sociedad, están metido en esa historia. Por eso la universidad es un gran negocio y se convierte en una de las más hipócritas e incluso en una de las más miserables. Hace mucho que la universidad dejó de ejercer ese rol universal en el saber. La agroindustria no está en el poder, ella es el poder. Y lo otro, la individualidad nunca tuvo sentido de existir. La existencia se da en el conjunto abierto y es ahí cuando surge el pensamiento universal.

-Iba a decir algo, cuando lo interrumpí.

-Me quedé pensando en el diálogo que propone la presencia del arroz en América. Ese grano lo trajeron de manera más colectiva los africanos. Nunca vinculamos nuestro arroz con África. Fueron las negras quienes trajeron el arroz a estas tierras en sus cabellos enredados, como un mecanismo de supervivencia, en ese viaje sin retorno que hacían los barcos negreros. Ese arroz todavía existe y se llama “Oryza glaberrima”. Y si bien vino del África, se sintió como uno más en estas tierras y alimentó el espíritu de libertad. Y se afincó de tal manera, que Naciones Unidas lo consideró que era una maleza. En Brasil a ese arroz africano, al “Oryza glaberrima” se lo consideró terrorista y se lo llamaba despectivamente “arroz negro”. Y se lo persiguió con herbicidas para introducir el arroz del blanco, del colono, del negocio del imperio, porque es un arroz sin vitaminas, sin minerales. Mientras que el arroz nutritivo, rico, de re existencia, pasó a ser marginal. Por suerte, hoy en Brasil también hay algunas poblaciones que intentan recuperarlo para su dieta diaria. Por eso sostengo que de la universidad salen ingenieros agrónomos como muñequitos de vitrina, entrenados para vender por catálogo los venenos para los cultivos. Saben puntualmente qué producto mata a qué especies; pero no razonan, no reflexionan. La construcción de un pensamiento es parte del proceso de la sabiduría. Hoy el sistema no quiere que se construya pensamiento, sino que se divulgue, se comercialice su catálogo de productos y sin reflexionar. La persona que piensa siempre fue considerada peligrosa por el sistema dominante.

-Muchos sectores perciben a las grandes catástrofes como supuestos designios naturales. Y para citar un ejemplo contemporáneo, de estos días, muchos creen que los incendios en el Amazona son naturales.

-La maldad está naturalizada. La agroindustria nos hace creer que esos incendios u otras catástrofes son naturales. Dentro de la política del mundo dominante, esas catástrofes son programadas por ellos. Y responden a estrategias de dominación. La Unión Democrática Ruralista, está para vaciar la Amazonia. Ellos se proponen destruir, despoblar y arrasar para producir solamente ellos. No es una estrategia nueva: antiguamente se decía “roza, tumba y quema”. Son incendios planificados para algo más macabro aún. Porque luego del incendio, proponen reforestar. Y ahí los aliados no son solo ganaderos, sino los productores de celulosas y esa “reforestación” (lo digo con comillas) solo es pino y eucalipto para sus industrias, con una pérdida casi irrecuperable de biodiversidad. Reforestar es rehacer lo que había y para ello se necesita de un inventario de especies; pero se plantan pinos y eucaliptos que son exóticas y monocultivo. Es una farsa. La misma farsa cuando repiten que la foresta es el pulmón del mundo.

-¿Por qué dice que la foresta no es el pulmón del mundo?

-Porque un pulmón no produce oxígeno, sino que lo consume. Ninguna foresta es pulmón. Eso es cosa de personas que les gusta repetir frases vacías de contenido. La Amazonia, cualquier foresta es un amortiguador climático, y eso es diferente.

-Volvamos a la agricultura orgánica. Ahora parece que se ha convertido casi en una industria, pero para selectos niveles económicos.

-El Banco Mundial sabe que la matriz del mundo es agraria. Es el Sol transformado en alimento. Y para esa apropiación tienen a una gran prostituta que se llama Naciones Unidas y FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), desde donde se manipula la información de la alimentación. ¿Y sus técnicos recién ahora vienen a hablar de agricultura orgánica? ¿Serían tan brutos que no sabían que la agricultura orgánica iba a ser una necesidad de nuestros días? Y para mí está claro: ahora viene la privatización de ese modelo vinculado con la calidad de los alimentos que se producen con la agricultura orgánica. Esa agricultura orgánica industrial no la quiero; quiero una que sea a escala humana, del pueblo. No quiero una agricultura orgánica que se convierta en un catálogo rígido de conocimientos o informaciones; sino un diálogo de saberes. La esperanza no radica en el conocimiento ordenado y vigilado por el sistema dominante, sino por la recuperación de saberes. Cuando recuperemos los saberes, recuperaremos los sabores. Y cuando recuperemos los sabores, recuperaremos la sabiduría. Y con sabiduría y sabor, recuperamos el ser. Cuando comenzamos a pensar en una agricultura sana, con alimentos sanos y diversos dentro de nuestros estómagos, con un sol libre y soberano, seremos seres libres. La agricultura orgánica no es tecnología en mano de las personas, sino poder vivo en manos de las personas, porque somos sujetos de transformación y no objetos de vitrinas y mercados. En Argentina como en gran parte de América Latina, se alzan las voces de un grupo mafioso que enarbola el concepto de “Agro ecología”. La “agroecología” es una palabra bonita, pero no dice nada. Ninguna agricultura es ecológica. “Agroecología” suena bonito, pero es una gran contradicción. Y lo es porque el término “agroecología” excluye un concepto básico y esencial: cultura. Deberían llamar “agricultura tal”. No interesa aquí en qué traducen ese “tal”, si en “agricultura ecológica” o en otra cosa. Lo importante es rescatar la palabra agricultura, es decir, la cultura del ser en la tierra. Y eso significa dignidad, memoria, conocimiento, historia, experiencia, diálogos, libertad. Un pueblo con cultura tiene raíz, tiene proyección, pasado, presente y futuro.

(*) Este artículo fue publicado el 6 de octubre de 2019 en el diario El Argentino. https://www.diarioelargentino.com.ar/ciudad/dialogo-con-jairo-restrepo-experto-en-agricultura-organica-la-cultura-de-la-tierra-significa-no-solamente-producir-alimentos-sino-respetar-la-vida